1313. AUNQUE EL GALGO SE VISTA DE SEDA
MAXIMO ALBORNOS PINTOS | esPOEntaneo

— Tenemos que adoptar un galgo.
— ¿Ya te has estado fumando el orégano que tenemos plantado en la maceta? Luego te quejarás de que no nos queda para la pizza.
— ¡Mira que eres tonto eh! Te estoy hablando muy en serio. Hoy me ha dicho mi amiga Belén que es la última tendencia y que hay que ayudar a esos pobres animalitos, que los abandonan o los sacrifican sin miramientos.
— Me estás hablando de tu amiga Belén, la que suele llevar abrigos de piel y para la que el significado de la palabra reciclaje es usar dos veces el mismo pantalón antes de tirarlo…¿es de esa de la que me hablas?
— ¡Qué exagerado eres! ¡Belén no es así! Una vez hasta se acercó a la puerta de una tienda que no era de marca.
— Y a los veinte segundos pidió un taxi para que la alejase lo más posible de allí porque le estaba empezando a salir un sarpullido.
— Sí, vale, tal vez sea un pelín pija.
— Snob cariño, pelín pija no, snob, que te estás quedando más lejos que España de ganar Eurovisión en los últimos años.
— No voy a discutir. El caso es que ella ha adoptado un galgo y dice que es lo mejor que ha hecho en la vida, que se siente muy realizada.
— Llámame incrédulo, pero no veo yo a tu amiga sacando a pasear al perro y llevando bolsas para recoger las cacas. ¿Tú la has visto hacerlo?
— Bueno, a ver, ella lo ha adoptado, pero lo saca la chica de servicio interna que tiene en casa.
— ¡Acabáramos! Ya me extrañaba a mí. ¿Y desde cuándo tiene una chica interna en casa? Eso no me lo habías contado.
— No te lo conté precisamente porque sabía que ibas a criticar. Lleva con ella más o menos un año.
— Yo flipo. Vamos, que para hacer las tareas del hogar de un piso de tres dormitorios no se apañen entre ella y el «Ken» ese que tiene por marido…Claro, que a cual peor. La última vez que estuvimos comiendo con ellos en aquel restaurante tan fino que eligieron, y que menos mal que invitaron ellos porque si lo hubiésemos tenido que hacer nosotros hubiésemos tenido que pedir un aval, volvió loco al camarero simplemente porque el agua no era de glaciar islandés o no sé qué mierdas. Si llego a ser yo el camarero cojo una botella de cristal vacía, la relleno del grifo y le digo que es agua de nieve del Everest, recién traída por un sherpa andando desde allí; le cobro trescientos euros por la broma y arreando.
— Ya no viven en ese piso. Ahora tienen un chalet de seiscientos metros en La Moraleja, con dos hectáreas de terreno.
— Claro, debían de estar agobiados en los ciento veinte metros del piso. Así no me extraña que hayan adoptado al galgo, a lo mejor ni se lo encuentran en días con tanto espacio. Pero nosotros en nuestro piso de cuarenta metros cuadrados…
— Eres imposible.