AUTOFICCIÓN
María Gil Sierra | Pepe Rodríguez

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Hay una mujer igual a mí viajando por primera vez a Lisboa. Va en un tren. Su mirada está perdida en el cristal pero no parece que contemple el paisaje. Lleva una bandolera de lona gris sobre el regazo y un miedo más grande que el convoy. Dentro del bolso, una pistola pequeña. Como las damas de la alta sociedad decimonónica. Aún no la ha usado.

Hay un hombre igual a ti viajando por primera vez a Lisboa. Sujeta un libro de tapas amarillas: “Limonov”, de Carrère. Se excita leyendo los incipientes encuentros amorosos entre Elena y el protagonista. Así es como quiere follar con Bárbara, piensa. Con salvajismo, con intransigencia. Aunque antes tendrá que recuperar su amor.

La mujer abandona su asiento y camina por el pasillo central. Aprieta con fuerza la bandolera contra su pecho hasta llegar al baño, donde se encierra. La pistola en su mano. Ahora el cañón dentro de la boca. Sonríe: “No, Max, no es para mí”. Y apunta hacia el espejo del lavabo.

El hombre también ha dejado su lugar. Bebe cerveza acodado sobre la barra metálica de la cafetería. Ella descorre la puerta del vagón. Se reconocen de inmediato. Y un mutismo estridente les tapona los oídos. “¿Quieres una?”, dice él señalando su lata. El mundo vuelve a respirar cuando la mujer asiente con la cabeza. “Parece que hemos tenido la misma idea”, prosigue. NO, NI HABLAR —debería responder ella en mayúsculas—. TE FALTA ARROJO PARA MATAR A TU MUJER. Aunque elige el silencio. Mientras, rastrea en las pupilas de su interlocutor una sombra de color negro hostil. La de Bárbara y Max. ********************************************************

Llegaré hasta aquí. Porque tú interrumpirás la lectura de mi relato. Dirás que no quieres que escriba sobre nosotros. O algo parecido.

«¿Por qué escribes sobre nosotros?»

Y yo te explicaré que es ficción. ¿O crees que guardo una Magnum a lo «Harry el sucio»? Además, si me hubieras dejado seguir leyendo sabrías que la mujer, igual a mí, y el hombre, igual a ti, terminan haciendo el amor en el aseo del tren.

Y ahora deja que continúe con la historia. Con la nuestra. La auténtica.

Empieza «in media res»:

Busco mi bolso de lona gris —tirado en el sofá— y saco dos billetes de tren. La explosión de tus ojos es tal que crea un universo diminuto. Al final dirás, con las palabras elegidas por ti, que no piensas seguir mi plan.

«A mí no se me ha perdido nada en Lisboa».

No. Esa frase quema. Hay que bajar la temperatura del asunto.

«No iré tras ellos. Ya lo sabes».

Como si yo quisiera regresar a una ciudad donde he estado varias veces. El destino de estos billetes se encuentra en París, desconocida para ambos.

Durante el trayecto, emulando a la mujer y al hombre de mi relato, nos encerramos en el baño. Juntos tú y yo. Pero no hacemos el amor. Nosotros follamos. Con salvajismo, con intransigencia. Por primera vez.