AVATARES
Silvia Gonzalez Laá | S.Glamour

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Sweet Kitty y Forever Young iban a conocerse, por fin, fuera de las pantallas, a la luz del sol. Ninguno de los dos sentía que aquello fuera una buena idea, pero en el chat había ido surgiendo de forma tan natural que ya era tarde para volverse atrás.



Llevaban tres meses chateando, desde el día en que él le mandó un mensaje: “¿Por qué no hay foto en tu perfil?”, al que ella respondió “¿Por qué no hay foto en el tuyo?”. Los dos coincidieron en que las fotos sólo alimentan la superficialidad porque “la belleza está en el interior”. Esa frase, que escribieron casi a la vez, les pareció una señal inequívoca de que aquel encuentro virtual no era una casualidad, y de que estaban destinados a conocerse.



La conexión en el chat fue inmediata. Sentían que tenían vidas paralelas, gustos parecidos y que compartían el mismo sentido del humor. Y si no, no importaba, Google estaba allí como un cómplice fiel, un Cyrano siempre dispuesto a llenar vacíos y facilitar las señales y las coincidencias necesarias para que sintieran que era la fuerza del destino la que les había unido.

Ella no había ido a París en su vida, pero mintió, y mientras recorría las calles de la gran ciudad con Google Earth, le pareció que había vivido en París toda la vida. Él no había leído ningún libro de García Márquez, pero mientras copiaba y pegaba párrafos enteros de Cien Años de Soledad, sintió que conocía ese libro como si lo hubiera escrito él.

Mentira tras mentira, emoticono a emoticono, ajenos a las comas, devorando vocales, entre jejés y jajás, se fueron enamorando. La vida real empezó a parecer vacía y aburrida. Sólo se iluminaba cuando en la pantalla de ella aparecía el avatar de él: una guitarra eléctrica, y cuando en la pantalla de él aparecía el avatar de ella: un gatito sonriente.

Llegaron al parque prácticamente a la vez. Se sentaron en el banco acordado, se observaron durante unos segundos, compartieron tímidas sonrisas, titubeos, se presentaron: Yo Luisa, encantada. Yo Jaime, encantado. Mantuvieron una breve conversación sobre el calor que hacía y el cambio climático. Pasearon un rato en silencio, observaron con fingido interés los patos que nadaban en el lago, y se despidieron con torpes excusas antes de llegar al puesto de helados: los dos habían olvidado algo, cuánto lo sentían, otro día quizás.

Ella sólo quería llegar a su casa cuanto antes, y el trayecto en autobús le pareció eterno. Él decidió coger un taxi para ahorrarse el transbordo en metro. Nada más llegar a sus respectivos apartamentos, los dos corrieron hacia sus terminales, encendieron las pantallas, teclearon sus contraseñas con ansiedad. Ambos compartían una misma sensación, una inquietante sospecha…

Efectivamente, ahí estaban, el gatito sonriente de ella y la guitarra eléctrica de él, chateando apasionadamente a sus espaldas.