AYER
BRUNA GARCIA ESTRADA | BdeBlue

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Esa era ella. Me quedé paralizada al verla, hacía más de 15 años que no nos veíamos. Mis ojos estaban fijados en aquella vitrina del Starbucks número ocho de Oxford Street mientras el hombrecito verde del semáforo permitía el paso y yo seguía inmóvil.

Parece que fue ayer cuando nos vimos por primera vez. Yo sentada nerviosa e incómoda en el banco frente a la puerta de la salida, deseando que sonara el timbre para huir de ese opresivo y ruidoso lugar: el timbre final era mi salvación. Me adelanté a la multitud dejando atrás la insoportable avalancha de gente: era como un caótico rebaño.

Entré al aula treinta y seis y me senté en mi pupitre de siempre: a segunda fila, sin compañero. Empecé a prepararme cuando, la directora, seguida de una chica, entró y la presentó.

– Buenos días, chicos – empezó ella y todos la respondimos.- Os presento a Sarah Cooper, vuestra nueva compañera – explicó la directora señalándole dónde debía sentarse.



De tez pálida y pelo negro, vestía un jersey oscuro y unos pantalones verde pistacho y se dirigía hacia mi ubicación. Sonrió, se sentó y volvió a sonreír, esta vez a la directora que con el pulgar arriba, confirmó su bienestar.

Empezó la clase y mientras corregíamos los deberes, trataba de ayudarla a ponerse al día con la teoría. Aún no la conocía, pero mi instinto me decía que Sarah era distinta a la multitud que nos rodeaba en aquella aula. Esa chica y yo seríamos buenas amigas.



De repente, el rozo y la fragancia de alguien que cruzaba el semáforo hizo trasladar mi mente a recuerdos vinculados con ese aroma.

La mañana del 6 de diciembre se presentó fría y dulce con el «hot chocolate» que nos preparó su madre, Mary. Me había quedado a dormir en su casa porque, dos veces al mes mínimo debíamos ver nuestro programa favorito juntas. Era tradición. Nos pasábamos la noche en vela y, en algunas ocasiones, su hermano James también se quedaba con nosotras. Era dos años mayor, tenía doce años, jugaba en el equipo de rugby del pueblo y decía que lo que mirábamos era una «chorrada».

Esa mañana, después de desayunar, subí las escaleras a buscar una libreta. Entré a la pequeña oficina repleta de archivos, su madre era abogada. A un pie de bajar el primer escalón, un olor joven, travieso e inocente a la par me frenó. Cerré los ojos y me quedé un minuto sin respiración: esa fragancia, proveniente de la habitación de James, me enamoró.



El motor de los coches me hizo mirar al semáforo en el momento en que cambiaba de rojo a verde. Esta vez sí que crucé la calle y me dirigí a Sarah, que me esperaba en aquella cafetería Starbucks número ocho de Oxford Street. El sonido de la campanilla delató mi entrada en aquel local, pedí un «Caramel Macchiato Helado» y me dirigí a la mesa con una gran sonrisa como si fuera ayer la última vez que nos habíamos visto.