1328. AZABACHE
Joan Cebrián Segon | Ford Wilder

Hay muchas formas distintas de morir: atragantado con una loncha de jamón, aplastado por un piano caído del cielo, por una revuelta digestión de lentejas, por un estornudo mal llevado, de aburrimiento sentado en el sillón, o en posturas inverosímiles imaginando hacer el amor. La lista es interminable, pero la mejor opción sin duda alguna, si tuviéramos la oportunidad de escogerla en una de estas encuestas digitales a la carta, tan propias de la era posmoderna, ésta sería morir de risa. No es descabellado pensar en dicha posibilidad, pues ya lo dicen que la risa es el arma más letal; solamente con la onda expansiva producida por un ejército de risueños se pueden echar abajo los cimientos del muro más infranqueable. Así pues, ¿por qué no podría una persona, llamémoslo señor Z, sufrir un ataque endógeno de carcajadas, que lo llevara a un éxtasis tan sublime del que no pudiera regresar? Eso mismo le pasó al señor Z. Corría el 69, año en que mientras los hippies celebraban sus cuentos de hadas en Woodstock, nuestro sujeto se alimentaba de calamares en Ajofuerte de Arriba, una villa montañosa al norte de… Da igual su punto cardinal, pero Don Potingas, tal como lo llamaban los lugareños de la región, sí que parecía haber perdido el norte. Los rumores taberneros lo describían como un anacoreta que no había mantenido contacto con ningun tipo de ser viviente después de sufrir una revelación al ver “Una noche en la ópera”, de los Hermanos Marx. Tal fue la conmoción que causó en su impresionable ser, que des de entonces, se había pasado la vida intentando desenmarañar las causas y razones del reír, llevando a cabo una exhaustiva taxonomía de los fondos del humor y, en su última tentativa, había recolectado la risa en disoluciones acuosas que envasaba en probetas de cientifico loco. O almenos, esa era la leyenda rural que se había creado alrededor suyo. Lo que sí que habían podido comprobar los ojos más indiscretos es que tenía buena mano para la horticultura, pues el señor Z había sido el primer payés en conseguir cultivar con éxito las fresas con nata. Pero volvamos a la cuestión de su muerte. Sucedió que un día el señor Z apareció en la taberna del pueblo, trémulo y desgañitado, y todo el mundo enmudeció, sobresaltado y atemorizado por la aparición de tal mito. Tras un tenso silencio, sobresalió la voz de la franqueza y el descaro; era un chiquillo preguntándole por sus “experimentos de probeta” ante la ávida mirada de los ajofuertenses. Los ojos del señor Z se abrieron como dos naranjas, su boca se descubrió como las puertas de un castillo, y su cara se retorció en una excelsa mueca. Tras su muerte, encontraron en su casa un hatajo de películas de comedia y el aclamado aprovisionamiento de probetas, que no era otra cosa que un sinfín de botellas de ron vacías. Algún iluminado escribió en su lápida “Señor Z, murió agotando el ron y la risa”.