Bajo el agua
Violeta Sánchez Pintado | V. Inkdream

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A mis nietos siempre les recuerdo que, cuando lleguen a mi edad, sentirán el espíritu tan joven como ahora que tienen veinte años. Aunque a veces me toca pararme a resoplar sujetando alguna columna y eso no lo pienso admitir ni delante de un juez.

Mi última aventura ha sido promovida por mi incansable grupo de amigas. “¡Anda, vente al aquagym, que a ti te encanta moverte!”, decían.

Y me apunté.

Hoy ha sido ese primer día de clase, en que una se prepara como cuando era colegiala, con esos nervios e ilusión ante el material sin estrenar. Canturreando esa cancioncilla que está ahora tan de moda en la radio, he colocado todos mis enseres en la mochila, me he puesto el rímel waterproof que me recomendó la hija de mi vecina, y me he encaminado a mi destino.

Me he perdido buscando los vestuarios, he entrado por error en el de hombres y le he visto el culo a un hombre de mi edad. He gritado. Del susto que le he dado se ha girado (ahora gritando él) y le he visto el pene. Hemos vuelto a gritar a dúo. He salido dando un traspiés y sin levantar mucho la vista del suelo he conseguido dar con mi vestuario.

Cuando he entrado en la piscina, intentando mantener una sonrisa y el estilo de Katherine Hepburn bajando la escalerilla, ya estaban allí mis amigas. Después de recibirme con honores y anunciar a bombo y platillo a todos los presentes que había llegado la chica nueva, ha empezado lo bueno.

O al menos me han dicho “ahora empieza lo bueno”.

El principio no ha estado mal; brazos arriba, brazos abajo… Casi me sentía en forma. Miraba a mi alrededor y estaba siguiendo el ritmo perfectamente. Tendrían que subirme de categoría, esto no me iba a suponer ningún reto.

De repente la profe, que tendría algún año más que mi nieta, se ha pensado que teníamos su edad y su culo sin celulitis. Ha empezado a gritar como si aquello fuera un festival y a repartir órdenes sin ton ni son: que si brazo derecho y pierna izquierda arriba, que si ahora un paso derecho y una palmada… Me recordaba al juego del twister que tantas tardes ha entretenido a los pequeños de la casa.

Me he empezado a poner nerviosa. Me he descoordinado. Se me ha acelerado el corazón y ya no era capaz de respirar con normalidad y jadeaba como un carlino constipado y con sobrepeso. Por si fuera poco, la chiquilla se ha puesto a animarme, que los primeros días son duros pero se le coge el ritmo rápido, decía.

Cuando he salido del agua no notaba la mitad de mi cuerpo. Mis amigas me felicitaban emocionadas y yo sólo he logrado levantar una ceja sarcástica.

Voy a necesitar mucha fuerza de voluntad para una segunda cita como esta, pero algo me dice que no me conseguiré librar.