212. BAJO PENA DE DESHEREDACIÓN E INDIGNACIÓN
SARA RODADO SÁNCHEZ | April Nomad

Sentada, Marta, esperaba que le llegara la inspiración.

Entre semana, el trabajo le ocupaba muchas horas y cuando llegaba la noche la mente se le disparaba, pero ahí lo que fallaba era la necesidad de su cuerpo de entrar en coma instantáneo después de cenar para levantarse como un reloj, renqueante y agusanada hasta la ducha para repetir el día y la rutina. Los fines de semana tenía compromisos familiares ineludibles bajo pena de desheredación e indignación, y puesto que vivía de prestado en casa de su abuela… no podía jugársela.
Pues bien, se planteó, en vacaciones, ponerse a escribir, pero su madre (hija de la susodicha abuela casi fallecida, pero aún fastidiosa, aunque no tan fastidiosa como su madre, y ahí vamos a la cuestión), había decidido que el primo de no que sé que pueblo que ella jamás había visto pero que todos insistían en que era tan querido… pues se mudaba a la ciudad y por supuesto, a la casa de la susodicha abuela casi fallecida pero aún fastidiosa.
El chaval, de 20 años, tenía primero que adaptarse y necesitaba ayuda en el traslado, así que en sus vacaciones le tocó hacer de chófer, moza de carga y descarga y niñera……
Pues bien, de vuelta al trabajo, al primo sólo se le había dado una directriz: respetar los días de sueño que su prima debía madrugar; la cumplió. Pero, como buen muchacho salido, que nunca había salido del pueblo y había visto demasiadas películas… quería marcha. Y por supuesto, ella, como su «más querida prima», debía sacrificar sus fines de semana para darle el gusto de emborracharse en plan turista cangrejero.

Marta vio que ya no ahorraba, normal, puesto que se había convertido en la frase favorita de toda su familia, y le tocaba pagar sus vicios. Echó cuentas, ya no le compensaba vivir «de gorra» allí.

Otra mudanza. Esta vez suya. Nadie le ayudó, ni siquiera el primo que se había «encariñado» tanto de ella, habiéndole regalado ebrio tantos roces bastante voluntarios de sus no tan voluntarias erecciones… Daba igual, ya estaba sola en un pequeño estudio, fácilmente confundido con un armario ancho, yendo al día económicamente, con las raciones de comida y cuadrados de papel higiénico contados para poder pasar el mes.
Fines de semana libres y… ahí estaba, tanto trasiego y desheredación, le habían dejado seca la imaginación.
Probó yoga, probó sexo con final feliz y también interrumpiendo el orgasmo por si su mente buscaba desahogar en el papel, probó mil trucos de youtuber… nada.
Nada… hasta que se sentó.

Y ahí estuvo todo el tiempo, la mejor musa para escribir prosa viene cuando tienes los pantalones por los tobillos, las nalgas bien acopladas y has comido suficiente fibra.
Por fin Marta había escrito su primer relato… lástima que tuviera que pedir un préstamo para poder pagar esos cuadrados extra de papel que se escapaban del presupuesto.