565. BANDA SONORA
JUDITH VIDA L BERNABÉ | Judith

Desde ese mismo instante aprendí que a veces las palabras solo pueden empeorar aún más la situación.
A mi corta edad, no debía pasar de los 7 u 8 años, mis padres se sorteaban cada mes quien debía llevarme a poner la vacuna para controlar mi asma bronquial. Ese día le tocó a mi madre.
En la Barcelona de mis adorados 80, existían los denominados “practicantes”, que venía a ser un o una profesional sanitario que únicamente se dedicaba a poner inyecciones y hacer curas básicas. Así que, como de costumbre, nos dirigimos a la botica del barrio con toda tranquilidad.
Era una pequeña y angosta consulta, en la que solo cabía una camilla, una mesa y una silla por decoro, porque por espacio no era. Mi madre me sostuvo en su regazo, boca abajo, dejando al aire mis nalgas para el pinchacito de rigor; casi de rigor mortis, ahora entenderéis por qué.
Ese airecito fresquito que me rozó el culete, me hizo estremecer hasta no poder contenerme. Sentí cómo reverberaban mis cachetes con el pedo más sonoro y aterrador que se podía recordar en los anales de historia (aunque más tarde conocería los de mi abuela, advertidos como “Días de tormenta”).
Mi madre me reprendió al momento, pero lo peor de todo no fue la ventosidad en sí, sino las palabras que sentencié sin pensar acto seguido:
-Yo no he sido.

LA NIÑA
Jope qué vergüenza, creo que se han dado cuenta, pero ¿A quién se le ocurre ponerme en esta posición, apretándome la barriga y bajándome el pantalón?
Pobre mama, le he dicho una mentira y eso está mal. Ahora me arrepiento, pero no lo he podido evitar. Luego le pido perdón y ya está.
LA MADRE
¡Será asqueroso el tío! ¡Pues no va y se pee aquí en medio con lo diminuto que es esto! Encima sabe que nos hemos enterado porque he reñido a mi propia hija pensando que podía haber sido ella. Pero ¿cómo iba a salir semejante estruendo de un cuerpo tan pequeño? No, no ha podido ser ella. Maldito cerdo, aquí no volvemos.
EL PRACTICANTE
¡La madre que la parió! Encima culpa a la niña… menuda guarra ¿Qué se pensaba, que me lo iba a tragar? Bueno, tragarme me lo he tragado… ¿Será posible? Esto no está pagado.

En cuestión de un minuto salíamos por la puerta mi madre y yo. Ella angustiada por la situación, a mí me reconcomía la conciencia. Así que no se me ocurrió mejor manera de arreglarlo:
-Sí he sido yo mama.
El sopapo fue casi tan sonoro como el cuesco.
No podéis imaginar la bronca que me cayó, aunque aún a día de hoy nos tronchamos de risa cada vez que lo recordamos.