BAR BARIDAD
Elia Martín de Eugenio Martín-Corral | Sara Brown

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Sin elegancia alguna, pero sin rodeos, María y Joaquín siguen contando cómo se conocieron: un encuentro casual en un descampado mientras vaciaban sus vejigas débiles y llenas de alcohol después de una larga verbena veraniega. Fue ahí donde se dieron cuenta de que debían citarse en otro momento y en algún otro sitio, más tranquilo y bienoliente.



La cita fue dos días después, justo cuando las fiestas patronales se hubieron acabado. No habían caído en la cuenta de que ese año casi todos los bares del pueblo habían abierto durante las fiestas y que, por lo tanto, cerraban después del evento. Anduvieron un buen rato mientras hablaban de cómo había ido la semana, de la peña a la que pertenecía cada uno o de las anécdotas memorables de las fiestas del año pasado. El sol estaba empezando a calentar demasiado y, si no encontraban ningún bar, tendrían que irse a casa. A lo lejos, vieron uno de esos carteles de helados en forma rectangular, que solo estaban puestos cuando el bar estaba abierto.



Cuando llegaron hasta él, se llevaron una decepción, ya que el cartel solo era un descuido y el bar estaba cerrado. Decidieron irse a su casa, y ya quedarían otro día (o no, porque tal y como pintaba el asunto… algo tenía que significar). Joaquín dijo que la acompañaría y, cuando llevaban la mitad del camino, vieron que había una de esas máquinas que expenden bolas con un juguete dentro. Pasaron por delante y… ¡Victoria!, el bar al que pertenecía estaba abierto. En el cristal de la puerta se podía leer:

“Estamos abiertos. ¡Aquí no se descansa!

Atte.: Bar Baridad”.



Se sentaron al final de la taberna, justo entre los baños y la cocina. Las suelas se adherían al suelo, adornado con guirnaldas desordenadas de bigotes de gambas y huesos de aceituna. La conversación fue más bien inconexa, porque en el local había el ruido de un pueblo grande con un único bar abierto, pero, contra todo pronóstico, ellos sintieron que estaban conectados de alguna manera.



-¿Y a ti que te gusta hacer?

-¿Qué?

-Decía que qué te gusta hacer.

-Ah, es que esta tarde tengo médico. -Aunque no estaba segura de si lo había escuchado bien, ella decidió arriesgar.

-Ah, sí, sí… Yo es que soy más de clásicos, mi película favorita es Fahrenheit 451, pero la antigua. – Parecía que estaban en la misma situación.

-Ostras… Ya tenemos algo en común, aunque a veces me sienta mal por el tema del clima, pero suelo gastar mucha agua.



Finalmente, salieron del bar más felices que nunca. ¡Habían encontrado a su alma gemela: les pasaban las mismas cosas e incluso les hacían gracia las mismas bromas!



-Bueno, pues nos vemos mañana a la misma hora… ¿Haremos lo que has dicho antes, vale?

-Sí… ¡Perfecto! ¿Pero… el qué, concretamente?

-¡Lo del cine, María! Menuda bromista estás hecha…

-Ah, ¡claro! Lo del cine… ¡Pues hasta mañana, entonces!