678. BAR CASA DOMINGUEZ
Jaume Escursell Olaya | Snoopy

–¡Vas conduciendo como un loco, aún nos la vamos a pegar! –Grita ella.
–Es que me he metido en una rotonda y… suerte que la he enfilado bien.
–Si, se nota que te gustan las curvas, Fernández. Anda, date otra vuelta, venga.
–¡Estoy buscando el desvío! ¿No ves que en ningún cruce pone la indicación del pueblo? Solo hay el de “Guadalajara a 85 Kms”. Preguntaré a aquel señor que va en bicicleta.
José Luis para el coche unos metros por delante del hombre y, bajando la ventanilla le pregunta cuando este llega a su altura:
–Perdone, ¿para ir a Quintopino de la Solana?
–Tienen ustedes que retroceder por donde han venido. Han de llegar al bar de las domingas y, cien metros más allá hay un camino a la izquierda.
–Ah, si. Hemos parado allí hace unos minutos.
–Perdone señor, pero donde mi marido dice que hemos parado y se ha tomado dos mostos, por cierto, se llama Bar Casa Domínguez. -Aclara la mujer.
–Bueno, si… –responde el ciclista– es que como ahora lo regentan las dos hijas gemelas, en el pueblo, coloquialmente lo llamamos “las domingas”.
–¡Si, si, seguro que es este! –Afirma él.
––No te quepa la menor duda, Fernández y, ¡déjeme usted averiguar porqué…! –Insinúa ella.
–Bueno, señora, en los pueblos…ya sabe, je, je.
–En fin, tendremos que dar la vuelta y volver a pasar por allí. ¡Qué se le va a hacer!
–Ya ve cuánto lo lamenta mi marido, señor.
–Ya veo…
–No se preocupe por él, le encantará. Igual se detiene y se toma cuatro mostos más. “Las domingas” le sirvieron los otros con una aceituna pinchadita con un palillo, ¿sabe?
–Si, dan un buen servicio –contesta el hombre.
–Ni que lo diga. Si hubiese visto como se relamía con la aceituna…
–Además, no hay otra cosa cerca.
–Los fines de semana se llenará de tíos. –Aventura ella.
–Bueno…–dice el hombre alzando los hombros.
–¿Usted también va? –Insiste.
–A veces…
–Es que es un lugar muy seductor. Incluso mi marido se ha quitado las gafas de sol para ver bien el panorama, ¿sabe usted?
–¡Coño, mis gafas de sol! Me las he dejado encima del mostrador.
–Claro, mi marido estaba muy distraído en la barra. A veces le pasa, señor.
–En fin, tengo un poco de prisa. Espero haberles ayudado.
–No se vaya aún, hombre, que tiene usted una conversación muy agradable. Por cierto, ¿sabe si tienen allí habitaciones para pasar la noche?
–No, solo comidas. Por aquí no hay ni hoteles.
–Perfecto. Ha sido usted muy amable, caballero –se despide ella.
José Luis sube la ventanilla y da media vuelta con el coche. Cinco minutos más tarde llegan al Bar Casa Domínguez.
–Voy a buscar las gafas. –dice mientras baja del coche. Anda unos pasos, se gira y grita:
–¿Quieres tomar algo?
“Las de Villadiego”, dice ella para sí. Se monta en el otro asiento, arranca el motor, enchufa la radio y pone el automático rumbo a Guadalajara.