849. BARAKA
Saúl Cepeda Lezcano | Adab

Abu estaba a punto de cerrar las puertas de su comercio del centro de Gaza por última vez.
Desde joven, cuando recolectaba flores silvestres en los Territorios Ocupados, había hallado una enorme fascinación en las combinaciones de colores. Encontraba un inmenso deleite en repasar las banderas nacionales en los libros del colegio, mientras se preguntaba por qué habrían elegido la combinación cromática en cada caso. Durante años se dedicó a coleccionar estos símbolos en estampas y parches.
Cuando su padre murió en la Segunda Intifada, tomó su escaso legado y no lo pensó dos veces: abrió una tienda de banderas en el centro del barrio de El Sabra. Deseaba, sobre todas las cosas, compartir su pasión con los cuatrocientos mil habitantes de la ciudad. Compró entonces miles de banderas de países europeos, americanos y asiáticos. Prescindió de las banderas palestinas que inundaban las calles en la euforia nacionalista y se concentró en los pabellones menos conocidos.
Su idea no funcionó. Y no era capaz de explicarse el motivo. Nadie quería banderas de Suecia, San Marino o Mongolia. Al principio pensó que la gente necesitaba hacerse a la idea de que comprar una bandera era comprar conexión con otras culturas, una simbología esencial que definía el fondo y la forma de las naciones. Sus pocos amigos le dijeron que abandonase antes de que fuera tarde, pero el tenía una fe en su idea a prueba de bombas.
Mas no a prueba de deudas. Al final, Abu claudicó y tuvo que aceptar que su proyecto no era bueno.
Así, con lágrimas en los ojos, se disponía a echar el cerrojo de su comercio. Ya se encargaría la gente de Amin, el prestamista jordano, de recoger todo cuanto tuviera valor para pagar, aunque fuera, una parte de sus obligaciones.
Sin embargo, de pronto, ya con el candado en la mano, un rumor creciente llegó a desde una calle contigua. Como por arte de magia, una turba enfervorecida que gritaba diatribas apareció justo enfrente su tienda. Uno de los cabecillas de la columna humana se acercó a él y tomó a Abu por el hombro. En la otra mano llevaba un enorme fajo de billetes.
– Está cerrado –dijo Abu.
– Queremos mil banderas de Dinamarca, hermano –replicó el líder de la turba.
Abu quedó en silencio. Sí, las tenía. Embaladas en cajas, desde hacía un año y medio. El comerciante abrió la cancela enseguida e invitó a pasar al líder de la turba al interior de la tienda.
– ¿Quieres un té mientras esperas?
– Gracias, hermano. Así te diré que otras cosas necesita Harakat al-Muqáwama al-Islamiya de ti.
– Que Alá sea contigo.
Ambos entraron en el establecimiento.
Unas caricaturas de Mahoma publicadas en un diario nórdico habían puesto al mundo islámico al borde de la yihad .
– Y me llamaron loco –dijo Abu, riendo para sus adentros.