1048. BATIENDO RÉCORDS
CRISTINA ESCUDERO NIETO | TRONCHAJARA

‘- ¡Mami, mami, dame arroz!
– ¿Para qué quieres arroz ahora, peque?, déjame que al final se me pega la tortilla.
– ¿Las tortillas se pegan? ¿Por qué pegan las tortillas, mami?
– No pegan, se pegan porque tienen el fuego fuerte.
– Entonces… se queman.
– Eso, cariño, eso. Déjame que se quema la tortilla.
– Vale, pero ¿me das arroz?
– ¿Para qué quieres el arroz?
– Para meterlo dentro del globo y hacer calamares.
– ¿No será malabares? Los calamares, son  unos animales marinos de la familia de los moluscos cefalópodos, tienen ocho brazos flexibles con ventosas pegajosas y dos tentáculos y se llaman así, debido a su «hueso» calcáreo, conocido como pluma o caña. Su cuerpo es blando y evolucionaron para adoptar un estilo de vida depredador activo, vamos, que comen de todo. Además, los calamares nacen, no se hacen.
– Pues cuando los haces a la ramona están muy ricos.
– No los hago, los cocino y se dice a la romana.
– Ah. ¿Pero… me das arroz para hacer la bola de calamares?
– Malabares… esos son los utensilios usados para manipular y ejecutar espectáculos con uno o más objetos a la vez volteándolos, manteniéndolos en equilibrio o arrojándolos al aire alternativamente sin dejar que caigan al suelo.
– Eso.

Le doy el paquete de arroz y el embudo, se sienta en la mesa de la cocina, al fin, entretenido un rato.
Me preparo para voltear la tortilla lanzándola al aire igual que los calamares, digo… malabares, dispuesta a batir mi propio récord.
Me concentro, respiro profundamente.
Uno, dos y tres, ¡hop!…
La tortilla vuela y gira alcanzando su punto más alto, casi rozando el techo, no la pierdo de vista ni un momento.
Comienza el descenso, la curvatura de la parábola trazada es perfecta, la recepción en la sartén ha de ser igual, ya casi está y…

¡POM!

El globo revienta.
El nene continúa sentado en la mesa de la cocina con los ojos tan abiertos que casi no le caben en la cara, balanceando las piernas, tan tranquilo, y con granitos de arroz por el pelo, la ropa, la mesa, el suelo… y yo… yo también con los ojos perpléjicos, las piernas temblenqueantes y con el pelo, la ropa, la mesa y el suelo, lleno de tortilla de patatas a medio cuajar.

– Vaya susto, ¿eh mami?
– Sí, niño, sí, vaya susto.