1439. BE WATER
Miguel Ángel Escudero Eble | Lin Chun

Yo de mayor quería ser Bruce Lee. Me pasaba el día ensayando sus movimientos de las películas. Destrozaba a patadas los osos de peluche de mi hermana que me servían de enemigos imaginarios. Ella lloraba como una madalena al verlos despanzurrados y se vengaba pinchando mis balones de reglamento. O destrozando mis calzoncillos con unas tijeras.

Me entrenaba duramente, pero eso no bastaba para ser Bruce Lee. Tenía que tener cara de chino. Entrené la cara de chino frente al espejo y aprendí a mantenerla durante todo el día. “¿Por qué cierras los ojos? ¿Tienes sueño?”, me preguntaba la gente. “No tengo sueño. Soy chino”, contestaba yo.

Para ser Bruce Lee no bastaba con tener un cuerpo fibroso y cara de chino. Bruce Lee era un filósofo, un pensador. “Be water, my friend”. Yo quería ser agua, tal como recomendaba Bruce. Me deslizaba por la casa formando olas con mi cuerpo, haciendo escorzos para esquivar las sillas y las mesas. “¿Qué haces?”, me preguntaba mi madre. “Soy agua”, decía yo. “Eres tonto”, decía ella. La pobre no conocía la filosofía del dragón.

Y ocurrió algo importante: vi la película Karate Kid. Fue una revelación. Porque me hizo darme cuenta de que necesitaba un señor Miyagi. El señor Miyagi representaba todo lo que me hacía falta en la vida. Pensaba que el señor Miyagi y Bruce Lee hubieran sido grandes amigos. Quizá lo fueran en su momento. Pero dónde encontraba yo un señor Miyagi. Un día, entré a un comercio chino y vi a un hombre detrás del mostrador viendo una película de artes marciales en una pequeña televisión. Abrí como platos mis ojos chinos. “Perdone, señor, ¿usted podría enseñarme karate?”, le pregunté. “No, yo tienda”, dijo él sin apartar los ojos del minúsculo aparato.

No podía entender que Karate Kid no se llevará todos los Óscar de Hollywood. Esos idiotas que los entregaban no tenían ni idea de cine. Y Bruce Lee también se merecía muchos Óscar. No podía ser que no tuviera ninguno. Tampoco era posible que no hubiera ganado ninguna medalla olímpica. Los Óscar y las Olimpiadas no valían un pimiento, pensaba yo. Eran premios de mentira. El fútbol sí era de verdad. Eso lo sabía porque veía los mundiales con mi padre. Aunque él solía decir que los árbitros estaban comprados. “Los Óscar sí que están comprados”, le decía yo para demostrarle que también sabía cosas. Él me miraba como si fuera un marciano. El fútbol era lo segundo que más me gustaba en la vida después del karate. Pensaba que si a Bruce Lee le hubiera dado por jugar al fútbol, China hubiera ganado tres o cuatro mundiales. Con Miyagi de entrenador.

Era tal mi obsesión que mi madre terminó por apuntarme a yudo. Incluso me fabricó un quimono con una sábana vieja. Pero no pasé del cinturón amarillo. Renuncié a mi sueño de ser Bruce Lee cuando tuve conciencia de que los otros niños eran muy brutos.