309. BELLA NAPOLI
José Luis García Herrera | Giovanni di Luca

BELLA NAPOLI

Era tarde para pedir perdón. Pier Paolo Fassolli había cometido el peor error de su vida, acostarse con la mujer de su jefe pensando que era una pobre viuda millonaria. Eso le pasó por presumido, por no llevar gafas. Todo el mundo sabía que se había metido en un charco y que, seguramente, aquel charco acabaría siendo de sangre y no de tomate para unos fettuccini alla napolitana. Don Lorenzo, el capo más temido de Nápoles, lo pilló una tarde en su mansión de Via Condotti, escondido en el armario, con camiseta imperio y calzoncillos blancos, de algodón. A Pier Paolo solo se le ocurrió la frase que nunca debe usarse en estos casos: no es lo que parece. Porque sí era lo que parecía. Y más cuando la mujer de tu jefe, para disimular, pasa la vaporetta en salto de cama. A un timbrazo de teléfono se presentaron Guido y Fabio. Guido olvidó traer la pipa y bajó al supermercado a por una bolsa, sin sal, que andaba con la tensión por las nubes. Cuando regresó, la bofetada de don Lorenzo fue de las que hacen época. Porque Guido era su hermano, si no, ya haría tiempo que le habría dado de patadas en el culo hasta cargarse sus Martinelli de piel de búfala. Cogieron a Pier Paolo y lo metieron en la furgoneta de la empresa de recambios “Il cambiazzo”, la tapadera que usaban para el blanqueo dinero. Desde la mansión, por carreteras secundarias, lo llevaron hasta una nave del extrarradio. Allí lo ataron a una silla con cinta americana, de la buena, que en material de trabajo no hay que escatimar en gastos. Pier Paolo pidió perdón desde un lacrimógeno arrepentimiento. Prometía que no lo volvería a hacer. Don Lorenzo eso sí lo tenía claro. Su mujer no sería una santa, pero él no iba a pasear los cuernos por toda Nápoles. Por nada del mundo iba a pasar de ser “il temuto” a ser el “il cornuto”. Mientras Pier Paolo le rezaba al dios Maradona, Fabio se acercó hasta él por indicación expresa de su jefe, y por el empujón que casi le rompe un hombro. Fabio Bruttoni apretaba el cañón de su Baretta sobre la nuca del traidor, a la espera de una orden. Don Lorenzo, mientras tanto, silbaba una tarantela con un palillo de dientes en la boca. Cerró el puño de su mano derecha con el pulgar hacia abajo, como un emperador romano. Fabio le miró con extrañeza. Don Lorenzo pensó que vivía rodeado de ignorantes. Antes de abandonar el viejo almacén gritó: ¡Dispara, coño!
Fabio temblaba porque no sabía cómo quitarle el seguro a la pistola. Don Lorenzo escuchó, ¡pum, pum!, dentro de la furgoneta. Sonrió, satisfecho. Al final, sí, Pier Paolo encontró su final en un charco de tomate y cruzando el charco hacia Nueva York. Aquella noche Guido cenó fettuccini alla carbonara, preguntándose para qué le pediría Fabio el bote de tomate, si le daba acidez.