Beso de trufa
Piedad Morillas Santamaría | Yellow Pi

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Claudia Hernández tenía los ojos color malva y una increíble predisposición para estar en los sitios incorrectos en los momentos más inoportunos. Lo primero era evidente a simple vista, especialmente en días despejados. Lo segundo, si bien ya existían algunos indicios, quedó patente de forma definitiva a partir de la noche del 13 de agosto de 2025.



Aquel día Claudia, que llevaba exactamente 3 años, 5 meses y 17 horas perdidamente enamorada de su mejor amigo, Carlos Hernández Mancho, alías Cebollín, había decidido declararse. Y lo supo allí, en el porche de Carlos, mientras compartían una pizza de mortadela trufada, con burratina y pistachos, a las 21.23. La luna estaba llena, la temperatura era óptima (24º) y ambos notaban mariposas. ¡Era el momento! Con lo que no había contado era con la nave espacial modelo Qu34 que en ese instante a una velocidad constante de 3000 nudos interplanetarios cruzaba por encima de sus cabezas.



Los labios de Claudia y Carlos se quedaron a 0,2 mm exactos de distancia. Incluso llegaron a sentir la brisa de sus alientos, pero todo quedó en eso, un preludio de beso detenido en un haz de luz extraterrestre de 5600 fotones/segundo.



Desde fuera los vecinos que se asomaron curiosos por las ventanas contemplaron a una joven resplandeciente, suspendida a 14 cms del suelo que, escurriéndose etérea de los brazos de su amante, iba poco a poco volatilizándose.



Algunos de ellos definirían más tarde a la prensa la escena como “idílica y tremendamente romántica”, “la representación efímera del primer amor” dijeron; para otros fue simplemente una abducción más.