‘Bienvenidos al Casamentera’, ¿mesa para 2?’
Irene Martínez Martín | Sandra Rivera

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El nombre del local debería prevenir a varios, hacerles comprender que no van a salir de este restaurante pensando en volver a verse si yo así no lo quiero. Al franquear la puerta quedan a mi merced, sujetos a mi voluntad y totalmente desprovistos de cualquier capacidad de decisión. Se convierten en simples marionetas de mis divinos e innobles designios de ajedrecista del amor. Únicamente yo voy a ocuparme de determinar cómo acabará su primera cita.

Siempre les siento en una mesa par. Y a los otros en una mesa impar. Pura superstición diréis, pero a lo largo de los años he comprobado que los de mesas pares acaban pidiendo la cuenta antes y nunca vuelven. Algunos de las mesas impares tampoco se dejan ver otra vez por aquí, no somos infalibles. Pero los que lo hacen pasado 1 año, piden la misma mesa. Entonces es cuando les digo que está reservada y les guio hacia una mesa par. Considero la originalidad como una virtud, y la falta de innovación es sin duda un atributo que no tolero en una relación.

Quizás no debería jugar así con la gente, pero uno tiene que matar el tiempo. Al fin y al cabo, hoy en día es muy fácil conseguir una primera cita. El fin de semana que viene los veré desfilar por delante de la ventana con una nueva conquista. Me puedo permitir este divertimento.

Fijaos por ejemplo en la pareja de la mesa 4. Él me recuerda a mí en mi primera cita, desprovisto de todo sentido del bueno gusto, inconscientemente exhibiendo sus lagunas de etiqueta social como si le fuesen a dar un premio por ello. Ella en este caso es bien distinta a la que por entonces me acompañaba. Habiendo fraternizado con su acompañante en la falta total de gusto por vestir, pasea sus ojos por la sala creyéndose con el derecho a cambiarse a una mesa junto a la ventana. Nadie se libra, mi ingenuo alfil.

Identificar una primera cita es bastante sencillo, únicamente hay que fijarse en los detalles adecuados. Ellas van pasando disimuladamente la mirada de espejo en espejo, pensando que una pestaña en su sitio es la clave del cortejo, ensayando una sonrisa natural e intentando que sus sarcásticos pensamientos no queden reflejados en su amable gesto. Ellos van abalanzándose sobre todas las puertas para abrirlas, disminuyendo así la cantidad de roturas de puertas por impacto de frente, van calculando el momento adecuado para rozar una mano o soltar un comentario ingenioso, o lo que en su defecto sea.

En cuanto veo a un dúo que cumple con estas características, me deslizo entre las mesas para asegurarme de ser yo quien les reciba. La primera impresión, o tal vez mi estado de ánimo (es todo tan subjetivo en el amor) condicionará su relación para siempre. Cojo 2 menús y esbozo una sonrisa de triunfo camuflada tras una cálida bienvenida mientras pronuncio el saludo que corta el flujo del destino: “Bienvenidos al Casamentera, ¿mesa para 2?».