708. BIVALVOS PARA CENAR
MIGUEL ÁNGEL GAYO SÁNCHEZ | Sílex

Acompañar a mi marido al tostón de cena que la empresa ofrecía todos los años se había convertido en un deber inexcusable. Pepe, pelota consumado, me colocó junto a su jefe y su elegante esposa.
―Procura mostrarte simpática. Corren rumores de ceses.
Enseguida los hombres iniciaron una intrascendente conversación futbolera. La esposa del jefe, hierática y emperifollada, se limitaba a degustar con deleite una ración de mejillones.
―Dicen que los mejillones aportan minerales esenciales ―comenté yo con la esperanza de romper su ostracismo.
Ella levantó el morro y asintió sin dejar de relamer la valva negruzca que, segundos antes, contuvo un molusco grande y peludo.
Los hombres se enfrascaron en el tema futbolero. Hubo un pequeño desencuentro. Y es que Pepe defendía con pasión los colores blancos de su equipo en detrimento del azulgrana, equipo favorito del jefe.
―Diez Copas de Europa hacen país, y eso es de agradecer ―sentenció.
Le pegué un codazo con tan mala fortuna que el hueso de una aceituna se le fue a la tráquea. Mientras le socorría palmeándole la espalda, le recordé al oído que el capital de la empresa que nos daba de comer llegaba desde esas tierras.
―¡Visca Catalunya! ―resopló con el primer aliento tras expulsar el hueso.
La mujer del jefe ni se inmutó. ¡Un comensal estuvo a punto de morir en su mesa y ella seguía relamiendo las vulvas de los mejillones!
Esta templanza frente al caos me impresionó. Sentí cierta empatía hacia su persona. Como si la estupidez futbolera, y sus trágicas consecuencias, no fuesen con ella.
―Veo que le gustan los bivalvos ―dije cuando pidió una ración de ostras de río.
Ella siguió a lo suyo.
¡Menudo aburrimiento! Pepe, aún rojo por el sofoco, trataba a su modo de deshacer el entuerto con comentarios simplones; el jefe se dejaba pelotear y yo pelaba una gamba con tenedor y cuchillo para no parecer vulgar.
Pero entonces sucedió algo inesperado. Un pie descalzo se restregaba contra mi pierna por debajo del mantel. La mirada libidinosa del jefe lo delataba. Nadie parecía darse cuenta. Dejé que ese pie se restregase para no poner en peligro el trabajo de Pepe.
Los hombres hicieron un receso y se levantaron a fumar. Lo curioso es que el pie seguía debajo del mantel y escalaba hacia mi entrepierna. Lancé una mirada de sofoco a la esposa. Relamía las vulvas de las ostras con placidez. Abrí los muslos y dejé que su pie alcanzase lo que buscaba.
Pero esta vez lo hacía por mí, no por el pelota de mi marido.