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Érika M. Tercero Salinas | Tacirupeca

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A mi padre siempre le ha gustado llevar las uñas cortas, pulcras, impolutas. No puede soportar que algo las altere; si esto ocurre, saca con nerviosismo el cortaúñas que lleva en el bolsillo y arregla el desperfecto al instante en su silencio habitual. Toda su discreción desaparece en ese momento. Admito que nunca me ha molestado esta manía, todos tenemos algo; lo que sí me importa es que la lleve a cabo en el salón.

Para mí es un tormento ver cómo saltan las esquirlas recién cortadas para convertirse en pasto de los ácaros, sin que él les dedique ni una mirada de duelo. Mi madre se indignaba cuando él se sacudía el polvo de la rebeca tras pasarse la lima. Ella esperaba andando del salón a la cocina, haciendo sonar la suela de goma de las zapatillas como si fueran zapatos de tacón, con el objetivo de acelerar el final y dar rienda suelta a su irritación. Pero mi padre seguía impasible con su acicalamiento, ajeno a ella. Al terminar, mi madre pasaba el aspirador de mano con una intensidad desmesurada. El disgusto le duraba un par de horas, rumiando quejas hiladas entre dientes. Yo me escabullía para que no me aspirase a mí también.

Mi madre murió hace tres años tras un cáncer que se la comió entera; desde entonces mi padre ha seguido viviendo a un ritmo apacible, sin sobresaltos, con sus uñas desperdigadas. Hace poco, en el trabajo, conoció a Estela. No me había dado cuenta de que necesitaba compañía hasta que empezó a salir con ella. Parece más feliz que cuando mi madre vivía. Sin embargo, tengo el pequeño miedo en la boca del estómago de que su costumbre inoportuna desvele una imagen repulsiva de él y se quede solo de nuevo.

Como mi padre estaba deseando que la conociera, hemos quedado esta tarde en casa para tomar café. Al abrir la puerta, Estela viene hacia mí con una sonrisa. Nos sentamos y él saca las tazas de la vajilla de porcelana. Ella es encantadora, lleva con soltura la conversación, compensando a la perfección la reserva de mi padre. Él está exultante. Todo va muy bien.

De repente, los ojos de mi padre se paran en uno de sus dedos; se acaricia el extremo y encuentra la falta. Sin más, saca el cortaúñas y empieza a cortar. Clac, clac, clac. No sé hacia dónde mirar, siento en las mejillas el bochorno. Estela sigue hablando con ese tono tan dulce, parece no darse cuenta.

Empiezo a sudar. Me abanico con la servilleta. El aire no me llega.

Justo antes de que el pánico me domine por completo, Estela se levanta y, con una naturalidad ridícula y cómplice, recoge los restos de mi padre en la palma de la mano. Sin alarde alguno, se los guarda elegante y plácida en el bolsillo, como guardaría un envoltorio de caramelo.