Botas de agua
Setefilla González Naranjo | Chigüey

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Azul estaba esperándome en la entrada del veterinario. Todo marrón, con el cuello blanco y crema. Era el «más malo de la manada». O eso me dijo la persona que lo conoció durante su primer mes de vida. Se comía la comida de los demás, ponía a todos en su sitio y cuando llegaba a la camilla del veterinario se tiraba, creyendo ser Superman. Más bien era Superdog, porque eso lo presencié en nuestro primer encuentro.

No he contado que yo tenía un miedo aterrador a cualquier animal, y si era de cuatro patas, más. Me daba la vuelta a la calle para no encontrarme con ellos. Si quedaba con amigos con mascotas, ponía una buena excusa y no iba. Y así, toda mi vida. Hasta que llegó él.

Realmente era un perro muy travieso y yo no podía soportar tener todas las horas las piernas a salvo, para evitar que sus dientes, parecidos a una aguja fina se clavaran en mis pies. Así que me compré unas botas azul marino, de agua, de plástico duro, para poder andar con tranquilidad por la casa.

Poco a poco nos fuimos conociendo. Con cariño, se tumbaba encima de mis piernas, y se pasaba las horas durmiendo. También me acostumbré a sus dientes de aguja, mientras jugábamos con pelotas, calcetines o una hoja que se encontrara en el suelo.

Su mirada delicada y su olor, tan especial, se fueron integrando en mi cerebro y en mi alma, hasta que un día, me di cuenta de que eso ya jamás saldría. Como también, que cada vez que vayamos al veterinario, seguirá siendo Superdog y hará su show, que a día de hoy le sale perfecto. Y por supuesto, pasará todas sus horas de sueño en el lugar más cómodo del mundo para Azul, encima de mis piernas.