470. BURP
Marino Alonso Frontela | Jhonny Juerga

‘- ¿Te cuento un secreto?
– Dime…
– ¡Burp!
Ángel se rió.
– ¡Pilaaaar, que desagradable eres!
Pero en realidad no lo era. Ella continuó con la misma broma durante 58 maravillosos años. Siempre era un secreto, pero nunca lo era, y me encantaba.
Por eso, no dejo de preguntarme por qué.
Por qué en su último día conmigo, mientras agarraba su mano en la camilla de un hospital demasiado familiar, me volvió a preguntar si quería saber un secreto con la misma sonrisa que la primera vez.
Por qué, debido a su débil voz, me incliné hacia ella para escuchar por última vez su «secreto».
Por qué ella giró su cabeza hacia mi y me lo dijo, por última vez:
– Puto anormal.
Y se fue.
Todos los buenos momentos que habíamos tenido se me pasaron por la cabeza como si yo también fuese a morir en aquel instante. Intenté seguir con mi vida, pero cada vez que la rutina la traía a mi cabeza comenzaba a plantearme cada recuerdo. ¿Y si en realidad odiaba mis bromas? ¿O los domingos en el parque? ¿O nuestro museo de torreznos con forma de famoso?
3 años y muchas pastillas después me encontraba, con nuestro único hijo a mi lado, en su mismo lugar. Literalmente. Habitación 328 en la 4º planta del Hospital La Mucca. Y sigo preguntándome por qué.
Tal vez él lo supiera. Lo que nunca supo son las últimas palabras de su madre. Un secreto que no creí quise desvelar, hasta hoy.

Podría haber gritado más.
Podría haberme esforzado en que mi último aliento hacia mi hijo se pareciera más a los primeros, y así no se habría tenido que acercar a escuchar mis palabras.
No habría agarrado mi mano tan fuerte.
No le habría visto aguantarse las lágrimas.
Y no se habría apoyado sobre el cable de mi respirador.
Puto anormal.