834. CABALLETE BLANCO
VICTORIA REBOLLO BOTE | ROSAS ROJAS

Esta que estáis a punto de leer es la apasionante vida de mi primo Caballete Blanco.
Más que su vida, fue cómo se convirtió en pintor. De brocha gorda. De esos de paredes. Por su cuenta, porque en empresas no funcionaba. Vamos, que no pintaba nada.

Os cuento cómo llegó a ser pintor, una historia que os dejará a cuadros. Y vais a flipar con la épica.

Mi primo siempre fue un emprendedor. En todos los ámbitos. Lo primero que descartó fue el mundo del modelaje. Nunca fue una belleza. Se puede decir así. Para que os hagáis una idea, fue la única persona en España a la que echaron para atrás el carnet de conducir por la foto. Que “la retocara un poco” le sugirieron, que el programa entendía que solo podía expedir fotos de personas, y él salía bastante mono. Pero no de guapo, precisamente.

Entonces, debido a la rudeza de su físico, tras intentarlo en varios sectores como: dependiente (prefería ser jefe), bailarín (al tercer esguince entendió que ni el contemporáneo estaba hecho para él, que ya es decir), albañil (decía que el negocio del cemento blanqueaba mucho), entre otros.

En trabajos para los que hubiera que estudiar no se iba a meter. Lo máximo que leía eran los ingredientes del champú mientras hacía de vientre.

Y se topó con el trabajo de su vida: ser vigilante de seguridad.
Las pruebas eran perfectas para él. Las pasaba todas con nota. Lleno de apuntes por todos lados, me refiero.

Y allí estaba el tío, en la puerta de la tienda de ropa de un centro comercial. Además de ese local, tenía autoridad para operar en todo el recinto. Autoridad. Lo mejor que se le puede conceder a un tío competente como mi primo Cabi.

Salvo algún incidente que otro aislado, los días pasaban con bastante tranquilidad. Un día cualquiera, uno de esos en los que Cabi se había levantado con el estómago revuelto, por cierto -que fue lo menos tres veces al baño-, sucedió lo que hizo que lo ascendieran.
Os cuento.

Un maleante del tres al cuarto se llevaba sigilosamente un par de prendas -de las más caras- en una mochila. No contento con eso, trató de sustraer una cartera de un bolso de una anciana. Menos mal que ante el suceso se encontraba el héroe de la tienda. En dos gestos rápidos, pudo hacerle una llave al criminal y tirarlo al suelo. Todo eran ovaciones. Impresionante. Se había impedido una anciana con la cadera rota. Todo alabanzas. Al menos, eso fue lo que se encontró Cabi cuando llegó del baño. Ya sabéis, por lo del estómago suelto. Fue despedido en el acto. Porque, además, venía manchado el tolai.

Con lo de ascenderlo después de aquello me refería a que lo subieron a la última planta para pintarla. Y nada, así fue cómo se convirtió en pintor.
Mi primo, Caballete Blanco.
Os dejo su contacto, por si queréis contratarlo.
pintoloquepuedo@gmail.com