1331. CAFÉ, VELOCIDAD Y FINAL FELIZ
JOSÉ MARTÍNEZ MORENO | Doctor Ziyo

El reloj que habitaba una de las paredes de la oficina dio las diez de la mañana, como cada día a las diez de la mañana. Ya estaba bien de trabajar duro, pensé mientras quitaba mis pies de encima del escritorio. Llevaba casi cinco minutos sin parar y resultaba agotador, así que salí al pasillo a tomarme un merecido descanso, directo a la máquina de café.

Yo aún no había tenido oportunidad de probarla. Era nueva, flamante como un deportivo recién salido de fábrica, casi insinuante. La anterior se rompió porque al parecer alguien la había forzado para abrirla y sustraer el dinero. Dijeron que había por lo menos trescientos euros, pero era mentira, no conté más de doscientos.

Inserté unas monedas que había cogido de la mesa de Giménez, algo que tenía por costumbre, y pulsé el botón elegido tras colocar un vaso de plástico en el sitio. Cuando estuvo listo lo cogí y me lo bebí de un trago, algo que lamenté al instante.

Como si de una plaga venenosa se tratara, aquel repugnante café de máquina descendió por mi garganta e invadió mi organismo. El nefasto brebaje se comportaba cual caballo de Atila líquido, y por donde pasaba no volvía a crecer la flora bacteriana. Mis tripas gruñeron dejando clara su opinión: estómago y bebida eran incompatibles.

Aquel problema exigía una solución urgente, una salida inmediata, y mis ojos suplicantes buscaron con premura la puerta de los aseos. La encontraron a una desesperante distancia de cinco metros. Un pequeño paso para el hombre, pero un salto de gigante para un «apretón». Nunca un inodoro, ni cualquier otra cosa, me pareció algo tan necesario y tan lejano a la vez. Ni siquiera aquel día que me quedé sin gasolina a veinte kilómetros de la gasolinera más cercana, con el coche que le cogí prestado a mi cuñado, y me recogió un tractorista que transportaba estiércol. Pero esa es otra historia.

Miré a la puerta y ella me miró a mí, desafiante, retándome a llegar a tiempo, impasible ante el tormento cruel de mis intestinos, que a toda costa querían expulsar aquel inmundo café que actuaba como el más corrosivo de los ácidos. Acepté el desafío, por supuesto. Y corrí, corrí veloz como un gamo dopado.

La gente en general considera a Ussain Bolt como el hombre más rápido del mundo hasta el día de hoy. Que no os engañen; esa mañana yo lo hubiera dejado en ridículo.