377. ¿CAIGO O NO CAIGO?
María del Carmen Guzmán Ortega | Acuariana

Un pueblo perdido en las montañas. Una noche de luna llena. Ni la televisión ni la electricidad han llegado aun al pueblecito, aunque no las necesita. La abuela suple esa falta con sus cuentos fantásticos, historias verídicas o inventadas y romances de niñas perdidas en el bosque, princesitas maltratadas y caballeros en busca del Grial. La luz, suficiente en una noche de sombras sobre las blancas paredes, la ofrece un candil de carburo que pende del techo de vigas de madera.
Alrededor de la abuela, tres hermanos sentados en la basta alfombra de paja escuchan atentamente a la narradora. Esta noche toca uno de miedo. La abuela no pretende asustar a los niños, pero ellos insisten:
— ! ¡Abuela, abuela! Cuenta uno de miedo, cuenta uno de miedo, ¡anda!
— Es que, si lo cuento, os haréis pipí en la cama.
— ! ¡Cuéntalo, cuéntalo!
— Bueno, contaré el de Juan Sin Miedo…
La historia transcurre entre el silbido del viento que se cuela por la chimenea, las sombras del quinqué y los suspiros entrecortados de los niños. Mientras, la madre de los niños trastea en la cocina preparando la cena. Sube luego las escaleras de madera que lleva al piso donde están los dormitorios. Una especie de balcón o galería preside la gran habitación donde la abuela y los niños se sientan. La madre los mira y un sentimiento de paz y ternura la inunda. Es joven, y también le gustan los cuentos. Escucha mientras una sonrisa muy especial le distiende la boca.

—Y entonces-continúa la abuela- Juan Sin Miedo le dice al monstruo del desván: “Si eres tan valiente, baja y come conmigo”.
— ¿Y qué le contestó el monstruo? -inquiere impaciente Julito.
— Le contestó con otra pregunta, niño, pero no me interrumpas-dice la abuela-le respondió: “¿Caigo o no caigo?”.
— !Y cayó un brazo!-interrumpe Toti.
— Dejadme continuar, niños. Pues bien, como iba diciendo…
El relato prosigue en un ambiente de gran expectación y en una mezcla de miedo contenido y euforia infantil. Cuando llega a la escena en que el monstruo dice “¿Caigo o no caigo?” y Juan le responde:” Cae ya de una vez y no des más la lata”, la abuela dice: “Y cayó una pierna”.
En ese momento, y al mismo tiempo que la última frase, un espantoso ruido retumba sobre las tablas del suelo al tiempo que un grito unánime escapa de cuatro bocas asustadas: sobre el suelo yace una pesada bota de montar.
Arriba, asomada a la galería, la joven madre se desternilla de risa.