324. CALABAZA
Ángel Picón Loranca | Eliseo Ortiz

—Odio Halloween.
Intento replicar algo ingenioso, pero no sé qué decir. Decido ganar tiempo y llamo con la mano a Nico, el camarero. Le indico que nos sirva otras dos copas. Ella me sonríe y no aparta su mano cuando casualmente, o no, entra en contacto con la mía.
Desde los altavoces, Marilyn Manson versiona o destroza, no lo tengo del todo claro, el tema central de una conocida película. La pista de baile va llenándose poco a poco de brujas, vampiros y hombres lobos. Aunque sin duda, el disfraz más original es el que luce mi acompañante:
El mío es cutre de narices, una peluca y un colgante que cogí a oscuras, un minuto antes de irme. Debería haberme esmerado un poco más, es lo que me dijo Juan cuando me vio.
—¡Tío! ¡Volvemos a una discoteca después de veinte meses! ¡Trabájatelo más!
Bueno, yo estoy en la barra con una mujer, él no. Es lo que me gusta de la noche, nunca sabes a ciencia cierta qué va a pasar, dónde acabarás, con quién te acostarás…
La chica es muy guapa, creo que nunca he estado con una mujer tan bella. Va disfrazada de calabaza, le queda genial, y ella lo sabe. La verdad es que al principio me he sentido un poco cohibido. Suerte que ella se ha mostrado receptiva desde el primer momento.
—Me aburre este sitio, voy un momento al baño y nos vamos a tu casa.
No espera mi respuesta, se dirige a los aseos sin darse la vuelta en ningún momento. Saco la tarjeta y le digo a Nico que me cobre.
—No te recordaba yo tan ligón, ¡menuda tía te has levantado!
—Ya, no me lo creo ni yo.
Busco a Juan en la pista de baile, me acerco y le digo que me voy con la calabaza. Sonríe y me coge de los hombros.
—¡Qué hijo de puta! Con la mierda de disfraz que llevas.
Nos reímos, me despido y me acerco a la puerta de los aseos. Reviso un momento el móvil: un par de mensajes de WhatsApp y una llamada perdida de Luca. Mañana le responderé, ahora me esperan cosas más importantes y placenteras.
Media hora más tarde, mi bella calabaza sigue sin salir del baño. Empiezo a preocuparme, ¿qué puede haberle pasado? Vislumbro a Mayka en la pista, va disfrazada de bruja. Acudo a ella en busca de ayuda.
—Ha entrado hace media hora y no ha salido todavía.
—No te preocupes, Luis, voy a mirar.
Mayka sale a los dos minutos, su sonrisa me reconforta. Mi calabaza debe estar bien.
—Chaval, en el baño no hay nadie. Me parece que te han dado calabazas.