1017. CALAMIDAD
Carmen Aliaga Sevilla | Madeleine

¡A la mierda aquel sótano oscuro con olor a meaos!
Fuera pedos ajenos y otros ruiditos, no precisamente celestiales.
– ¡Cariño, este fin de semana celebraremos tu ascenso! He encontrado una casita de alquiler en un pueblo semiabandonado – dijo mi Mª José.
Accedí sin rechistar.
– ¡Mariano, hazme una foto entre las amapolas! ¡Niñas, venid, es un ciempiés!
El pequeño cuarto de baño fue en esos dos días mi lugar preferido. Sin florecillas ni bichitos de la madre naturaleza.
Al poco de comenzar el viaje de regreso, un rebaño de ovejas me hizo girar a la orilla del camino.
Mª José, con cara de cordero degollado (casi una oveja más), me pidió que nos detuviéramos.
– Sí, papá, queremos verlas de cerca.
– ¡Apártate! ¿No ves a mis ovejas u qué? Los domingueros… No escucháis… ¡Tendríamos que echaros al ribazo, a ver si la palmabais de una buena urticaria!
¡Rediós! ¡Agarra a esas crías! ¡Como me toquen a la preñada les reviento la cabeza! – gritó el pastor.
Huyendo de aquel salvaje, nos metimos al coche envueltos en barro.
Mi Peugeot 208 también parecía estar en mi contra. Presioné el acelerador creyendo hundirme en aquellas tierras movedizas.
Las chiquillas, empapadas, lloriqueaban y mi mujer repetía con su cara de oveja:
– ¡Ay, Dios mío, si ya lo decía mi madre, no hay cosa que bien salga, cuando se tiene el santo  de  espaldas!
Bien sabe su Dios que a punto estuve de enterrarla viva.
A pesar de la poca batería, conseguí hablar con la aseguradora.
– ¿Cómo que el punto exacto? No hay nada a derecha ni izquierda, solo barro.
Saqué el mapa de la guantera.
– Perarrúa, manden la grúa hasta Perarrúa, respondí apresurado.
– No, no es una broma, grité mientras mi móvil se apagaba.
Al ver de nuevo al ovejero delante de la ventanilla, pensé:
Quizá no es un pastor cualquiera, sino el Buen Pastor, el que viene a salvarnos de esta calamidad. Uno recurre a la fe cuando se la ve negras.
– Caminar hasta Perarrúa, no queda otra- dijo el aparecido— y pregunta por el Salustiano de Casa Palomares. Solo el viejo tiene un buen tractor.
Tras un buen rato caminando bajo la lluvia y las lamentaciones de mi Mariajo y nuestras criaturas, llegamos al lugar indicado.
Una mujer con un sayo negro nos abrió la puerta.
-Venimos buscando a Salustiano.
– Adelante- insistió señalando una habitación.
– Santa maría, Madre de Dios, llena eres de gracia……
Una docena de mujeres rezaban alrededor de una cama.
– Ahí lo tienen, mi Salustiano, tan contento siempre con su tractor y sus pajares.
-¿Es un muerto, mamá?- preguntaban las mellizas, mientras una de las oradoras atendía a mi esposa en estado de shock.
No lo he contado a nadie, no me creerían.
Total, como dijo el pastor, solo los animales escuchan.