873. CAMARERO
ALEJANDRO AULESTIARTE JIMÉNEZ | Frisón

Somos muchos en nuestro país quienes hemos encontrado en la hostelería un trabajo como medio se vida. Quien crea que es un trabajo sencillo, está equivocado. De hecho, en esas estaba yo con 26 años, recién contratado en un bar que daba servicio de comidas y cenas, acompañadas de un karaoke como reclamo para aquellos que prefiriesen una copa tranquila viendo un espectáculo. Y siendo sinceros, espectáculo no faltaba.
El primero en abrir el show era siempre Mari, cantando una canción popular del Fari. Qué mal cantaba el colega. Él creía que era una diva, pero era como escuchar el chirrido de una puerta de mil kilos con las bisagras sin engrasar. Bajaba orgulloso del escenario, pavoneándose entre sus seguidores, mientras medio bar me miraba alucinado con cara de no entender si era un espectáculo de risa o un karaoke de verdad.
En esas estábamos, cuando entra a cenar una despedida de soltera. Era la despedida de una señora que se casaba en segundas nupcias. Podemos decir que la media de edad superaba con creces los cincuenta y cinco. Entre ellas estaba también una octogenaria que iba con una moto scooter para moverse. Ver entrar por la puerta este grupo con penes de plástico en la cabeza era pintoresco, pero ver a la señora cómo se le caía el pene al quitarse el abrigo y se lo ponía en la boca mientras recorría el bar de punta a punta…no tiene parangón. Con varios abrigos sobre las piernas, una boa rosa en el cuello y aquel falo enorme de plástico en la boca la pobre parecía la vespa publicitaria de un sex shop.
Al final de la noche una de ellas me pidió que apagase la luz de su sala porque venía un boy. Cuando apareció el chico y comenzó a quitarse la ropa al son de Full Monty, una de las participantes se cayó hacia atrás de la mesa al tratar de saltar cual leona sobre el boy. La señora se hizo una pequeña brecha en la nuca y tuve que llamar a emergencias para que viniese una ambulancia. Llegó la ambulancia con una patrulla de la policía local. Cuando dos agentes y dos sanitarios entraron, la escena era dantesca: algún prodigio cantando Alaska a pleno chillo, la señora herida tumbada con las piernas en alto y el pene en la cabeza como un unicornio estrambótico, las amigas como cubas mostrando unos sostenes que podían datar de la posguerra creyendo que llevar nata en el escote era sexy y la octogenaria agarrando al boy por el bóxer mientras el pobre chico trataba de zafarse de la señora que se reía a carcajadas.
Uno de los policías me miró con cara de asombro mientras el otro no puedo sino preguntarme:
– Chaval, ¿puedes explicarme cómo está mi tía en el suelo y mi abuela con un stripper? – me dijo el policía enfadado.
– Agente, esté contento por no tener que ser él ni trabajar de camarero.

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