1188. CAMBIO ATAÚD POR TELE
Cristina Navarro Soler | A todo que sí

Queridos hijos;

Cuando me muera, haced el favor de buscar a un buen maquillador/a. Que me deje bien guapa. Quiero irme a donde sea que se vaya un poco decente, ya sabéis que siempre he sido una coqueta.
Porqué seguro que vienen las marujas del grupo a cotillear. Y no, no vendrán desconsoladas a decirme el último adiós. Esas vendrán a meter las narices y a ver qué ropa me han puesto, cómo me han acicalado, y si el maldito ataúd es una baratija o es de los caros.

Sí, como en el entierro de Victoria, que en paz descanse, hará un par de meses. En el velatorio estuvieron todo el rato cuchicheando entre ellas del maldito ataúd, de lo precioso que era, de la clase que tenía y de lo carísimo que debía ser. Y para la pobre Victoria, nada. Ni un solo halago, ni una palabra bonita. Todos los cumplidos se los llevó la puta caja. Madera maciza de cedro-bossé, con un barnizado vista, tinte natural y un acabado satinado al agua. En el exterior tenía una cruz y un Cristo de plata, y el interior estaba tapizado con cuero de color crema. ¿Suena bien verdad? Seguro que has dormido en sitios peores. 9.500€ la cajita, IVA aparte.
Pues quizás tienen que quitarse algún capricho de los suyos y empezar a ahorrar, para que las entierren en el ataúd de sus sueños. Porque a esas tampoco les queda mucha cuerda ya.

¿Os imagináis que consiguen ahorrar el dinero y el día de su entierro sus hijos pillan un ataúd de los baratos? Uno vulgar, de pobre, de la purria. Uno de esos de madera “basta”, sin barnizar ni nada, con un Cristo de acero inoxidable en el exterior y el interior tapizado con terciopelo de color rojo vino, como el del Conde Drácula. Y con el dinero de la diferencia se compran una tele carísima, el último modelo. Full HD, smart TV. Pantalla curvada para una experiencia inmersiva y barra de sonido de última generación. Un pepinazo. Vamos, que si la abuela tropieza con la tele y caen las dos al suelo, recoges antes a la tele que a la abuela.
Y se compran una para cada uno, eh, nada de compartir. Y eso que de jovenzuelos han compartido hasta los ligues. ¿Pero la tele? Ni de coña.

Hijos míos, en mi funeral no quiero mucha parafernalia. Y haced el favor de no comprar coronas de flores. Nunca me han gustado, me dan un repelús tremendo.
Disfrutad de la vida, porque un día te levantas y has caducado. Así, sin aviso. Como los yogures. Y aparece el punto y final a tu historia, aunque no esté terminada. Como cuando el profesor te arrancaba el examen de las manos cuando tú apurabas las últimas líneas para intentar rascar el cinco.
Traedme las flores que queráis mientras siga viva. Me encantan las flores. Cuando haya muerto, ya no podré olerlas.

Os quiero,
Mamá.