218. CAMINANDO SOBRE SELENE
Juan David Vargas Pérez | Calor Ciagar

Estoy pasando más calor que un pollo en domingo y ni siquiera tengo la posibilidad de quedarme en calzoncillos y chuparme una cerveza fría como un despido. Son las complicaciones e incomodidades de un viaje espacial.

– No olvides la frase – me dicen por el auricular.

Que sí, joder, la puñetera frase sacada del orto de algún imbécil que se habrá estrujado las meninges para soltar esa estupidez. Probablemente un consejero de algún político comemierda que anda lejos de saber qué es, o qué no es, un salto para la humanidad.

– Intenta parecer científico – me vuelven a decir por el auricular.

¿Qué carajo me dice este imbécil? ¿Científico? ¿Y tú con esas gafas?

Yo no he venido aquí por nada que tenga que ver con la ciencia. No he venido aquí para llevar gloria a mi país ni restregarle el éxito a los soviéticos. He venido, sencillamente, porque quería darme el gustazo de ser el primero en algo. Nunca fui el primero en nada. Una vez se lo dije a una chavala: algún día voy a caminar por la Luna. ¿Quieres que te deje algún mensaje escrito en una roca?

– Preparado. Andando, colega.
¡Oh, qué subidón! Miles de millones de espectadores observándome. Camino como un patito hemorroico. Pero no me queda otra. El traje pesa más que un disco duro lleno de programas de Nieves Herrero.

Ya estoy abajo. Lo primero que me llama la atención es que el suelo de la Luna no es diferente de algunos de los que hay en la Tierra.

– Si hubiéramos hecho esta mierda en Nevada nadie se habría enterado – digo por línea interna después de haber soltado al mundo la bazofia esa de “un gran salto para la humanidad”. Salto para la humanidad es la vacuna de la polio y no esta pantomima que ha costado lo mismo que el presupuesto de todos los países de África juntos.

Supongo que Mr. Gorki debe de estar pasando un buen rato en estos momentos. Cuando era crío, solía jugar con boomerangs. Básicamente, lanzaba boomerangs y fantaseaba en voz alta sobre la Luna. A todo el mundo le decía que algún día iría a la Luna y todo el mundo me miraba con cara de “este chiquillo a ver si consigue una paguita del estado”.

Un día, uno de mis boomerangs cayó dentro de la casa de mis vecinos, los Gorki, que en aquellos momentos se encontraban en mitad de un intenso debate sobre hábitos sexuales. Concretamente, hablaba el señor Gorki sobre sexo oral. Digamos que existía una importante divergencia entre las apetencias sexuales del señor Gorki y las de su señora esposa. Para zanjar la cuestión, la señora Gorki dijo algo que no olvidé nunca y que ella, si está viéndome ahora caminar por este tétrico solar, tampoco habrá olvidado:

– Te daré sexo oral el día que el hijo de los vecinos pise la Luna.

Con todo, habría sido más inteligente hacer esto en Nevada.