1170. CAMPANILLA
SOFÍA VILLAR BÁÑEZ | SOFÍA VILLAR

Todo el mundo tiene traumas infantiles. Quien diga que no miente. Si se tiene la suerte de haber crecido en una familia estructurada, ya se encargan los progenitores de cada cual de crear algún tipo de desequilibrio mental. No hay pruebas pero tampoco dudas.

El mío tiene que ver con Peter Pan. Bueno, con él exactamente no. Más bien con su amiga Campanilla. La jodida Campanilla. Fue la que marcó claramente mi A.C. y D. C.

Todo comenzó una tarde de otoño. Llovía a cántaros. Por mimetizarme con el ambiente, decidí no parar de llorar durante hora y media. Siempre me han dicho que lloro mucho. Tanto, que creo que si esas lagrimas se recogiesen, se podría lograr que el Manzanares fuera navegable. Volvía del colegio con mi madre y la única esperanza que me hacía creer que ese día podía mejorar, era pensar en mi chupete al llegar a casa. Tardé mucho en dejar el chupete. Tenía ya tres años largos y la obsesión de mis profesoras y de mis padres era la de que lo dejase de utilizar. Sin embargo, ese día, cuando llegué a casa, el chupete no estaba por ninguna parte. Revolví toda la casa sin ningún resultado. Al parecer, Campanilla se lo había llevado a los Niños Perdidos. ¿En serio? Supuestamente es un hada hojalatera. ¡Que les construya un chupete con la rama de un árbol!

No he vuelto a ver Peter Pan desde entonces. Era eso u odiar a mi madre.