409. CANDIDEZ
ALIRIO ALBERTO HERNÁNDEZ ROJAS | GALILEO ISAAC

Dormitada, descansaba desnuda, recién duchada y acostada de medio lado, esa tarde de reposo y siesta. Mi piel se erizó al percibir las tiernas caricias en mi espalda. Todo mi cuerpo fue molificándose al sentir su pecho peludo y su olor a testosterona, como si el sudor estuviese siendo hostigado por la mugre. Con delicadeza, me cubrió los ojos con la acojinada planta de sus pequeñas manos, para después manosear cada centímetro, cada espacio vivo de mi epidermis, hasta lograr anegar con inmodesta lujuria mi entrepierna. Los movimientos pendulares contra mis poco pronunciados glúteos, dejaron sentir la dureza de su apéndice pélvico, esa cosa que en el vaivén del regocijo se adentra en las cavernas del éxtasis, para trasladarnos luego hasta la cima de las orgásmicas cataratas del placer. (Me apena nombrar pene, a lo que sin importar que el mundo pene, hace que una más goce).
Agradada con la repentina espontaneidad de quien desde que nos casamos, exhibe gran dificultad para enfrentar con firmeza los rigores de su responsabilidad marital, permanecí inmóvil, sometida a su voluntad y a su repentina erección. Sorprendida con la ahora extrema delgadez del miembro más importante de su equipo conyugal – pero resignada a “agarrar” aunque sea fallo – permanecí a la espera de la acción coital con la esperanza de ser subida a los confines del cielo, para bajar luego pletórica de satisfacción y dicha en una embriagante placidez aletargadora. Mis niveles de excitación escalaban las cúspides del desenfreno, mientras sus lamidos a mi cuello humedecían la obscenidad de mis pensamientos, erotizados por las ganas. Quería, como nunca, ser molida a empellones, deseaba ser dominada por los desafueros de la impudicia, y que la sensualidad se transformara en una bestia capaz de castrar mi recato, la racionalidad de mi pudorosa actitud ante lo voluptuoso, la represión del deleite sexual durante años de fidelidad…
Fue entonces, cuando recordé que él (mi esposo) estaba en su trabajo. Me volteé rápidamente, y apenas alcancé a darle un pescozón al hijueputa mico que en mala hora, escogimos para que fuera nuestra cándida mascota…