172. CAÓTICA ÚRSULA
ÚRSULA ROSILLO ÁVILA | MILAGROS

Como os podréis imaginar Úrsula es mi nombre, pero mis padres hubieran estado más acertados si me hubieran llamado Milagros, porque con frecuencia me suceden acontecimientos extraordinarios. Al menos yo lo veo así, no es que romperme los dientes a dos días de mi graduación sea como para considerarlo un milagro precisamente, pero que me arreglaran los piños a tiempo cuando esto pasó un sábado noche (sí, sábado noche; luego os lo explico) y el lunes por la mañana me graduaba, algo de milagroso sí hay. Lo que quiero deciros es que todo depende de cómo veamos las cosas, por ejemplo, yo podría quedarme con la parte negativa: el susto que me llevé, lo que me sajó el dentista por hacerme el apaño y con el runrún de que he pasado a formar parte de la dinastía cuñaaaaaao por el resto de mis días, pero en lugar de eso, me quedo con que desde aquella noche tenemos una historia para recordar con los amigos y echarnos unas risas, aunque sean a mi costa. Sí, soy una persona peculiar. Define peculiar diréis, pues de ese tipo de chicas que se corta el flequillo sola (vale eso es nada), de las que abren la puerta a su novio con el disfraz de niña del exorcista de la noche anterior (esto se va poniendo interesante ¿eh?) o de las que roban flores de las rotondas para que cuándo sus compañeras de piso se levanten tengan un ramito de violetas. Contándoos esto me he dado cuenta de que, en dos de tres, o había bebido o iba bebida. Esto me recuerda a cuándo cambié de ginecólogo, sí a cuándo cambié de ginecólogo, mi doctora me estaba haciendo el típico cuestionario de: edad, peso, métodos anticonceptivos, ¿bebés? A lo que yo respondí: lo normal, los fines de semana. Que si tienes hijos, me dijo. Su cara era un poema; me imagino que la mía también. Si es que aparte de peculiar, soy muy despistada, e inquieta, y claro, si a esas cualidades le sumas el alcohol, dichoso alcohol, pues me tienes a mí en un bar saltando a un amigo que se agacha y yo aterrizando de morros. Aquella noche mis amigas se quedaron a dormir conmigo, después de comerse una pizza; yo no paraba de llorar, no por los dientes, sino por la pizza, que no la podía comer, con lo bien que sienta a esas horas. No sé cuál es la mejor parte de esta historia, si las llamadas de teléfono de mi amiga a las clínicas (neuronas 0 – resaca 1) o lo que dijo el dentista al enterarse de que me había roto los dientes saltando “al potro”; ¡maravilloso, sos gimnasta! Que me perdonen los argentinos, pero su acento no me dio seguridad, sólo porque me recordó al doctor Nick de los Simposon, que conste… Al final todo bien; pude ir a mi graduación feliz. Ya sabéis, sonreíd todo lo que podáis hoy, por si mañana os falta algún diente.