156. CAPICÚA
David Sánchez Corpa | Davis Corpa

Desde que se inventaron los juegos de azar, el que sigue siendo pobre de espíritu es porque quiere.
Entré en la administración de lotería con el pie derecho, llevaba un trébol de cuatro hojas, una mano falsa de Fátima y una pata auténtica de conejo. Que me la vendieron con el certificado de que lo mató un bizco en una noche de luna llena, que sabía lo que se hacía. El bizco, digo, el conejo no lo vió venir.
Le ofreció el lotero un número a la mujer que me precedía en la fila, y ante mi sorpresa, rechazandolo gritó:
¡¡¡Un capicúa!!! ¿Me ofreces un puñetero capicúa?
No me pude aguantar y lancé mi alegato:
¡Si no lo quiere ella, démelo a mi!
Aquella mujer se percató de la encrucijada moral sin precedentes que tenía ante ella.
Y lo aceptó, compró el capicúa. Y salió ante mis ojos con paso triunfal rencoroso.
En qué hora abrí la boca, llegó mi turno y al acercarme al mostrador y pedir otro capicúa me llevé un zasca épico.
El último décimo capicúa, se lo ha llevado esa señora.
Me cago en San pito pato y todas las aves que no vuelan.
No me lo pensé dos veces y salí corriendo detrás de aquella mujer al grito de ¡Señora del Capicúa!
Mira la mujer que se giró y se sintió perseguida, empezó a correr pidiendo socorro.
¡Señora del Capicúa! Baje un poco la zancada que nos va a dar algo.
Inqué las rodillas en el frío suelo y formulé una oferta al universo.
¡Le doy cincuenta euros por el décimo!
Muchacho, se frenó en seco y me lanzó una contraoferta envenenada recuperando ambos el aliento.
Ciento cincuenta euros y es tuyo este capicúa.
Se me pasó toda mi existencia como jugador de lotería ante mis ojos.
Visualicé el premio y enumeré mentalmente lo que haría con este milagro económico.
Poca cosa, que soy humilde hasta para soñar.
Pero yo necesitaba algún estímulo para aceptar el trato, una señal, no sé, algo que me hiciera descartar que estaba a punto de hacer el gilipollas.
Y de repente, bajó del cielo azul una cigüeña, enorme, blanquita, rozando lo mitológico.
Tomó tierra con delicadeza, como a cámara lenta y aquella criatura zancuda se quedó a medio camino entre la plusmarquista cincuentona y yo, mirándonos a ambos para que, bajo mi punto de vista, llegaramos a un acuerdo.
Ante nuestro asombro….. defecó allí mismo, que se cagó y aquella plasta corrosiva sin forma, claramente iba dedicada para los dos, para iluminarnos. Como diciéndonos, ¿qué mierda estáis haciendo?
Y me tuvo que leer la mente la mujer del capicúa, porque lo gritamos al unísono.
¡¡Setenta y cinco euros y lo compartimos!!
En el fondo sé que vamos a compartir una quimera, que le estoy regalando dinero a esa desconocida a la que le he dado mi número de teléfono que curiosamente acaba en cero como yo.
Si toca me llamará, no se puede ser más crédulo.

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