1027. CARMÍN DE ALIZARINA
DOMINGO ALBERTO MARTÍNEZ MARTÍN | RÓMULO ESDRÚJULO

Se frota los ojos, confuso. Intenta recordar lo que estaba soñando; una especie de bestia que se lanza sobre él, una sombra sin rostro (negro de humo) que le coge por el cuello y aprieta, aprieta… Despierta tosiendo, sofocándose. Se frota los ojos, hinchados por el arrepentimiento. El lienzo sigue en el caballete. Galatea dormida, su última obra. Aplica la pintura con pinceladas pequeñas, precisas; amarillo de plata, verde esmeralda. Corrige con cuidado un detalle del párpado, el rojo de las mejillas, los labios violáceos; suaviza el contorno del vientre, un tanto abultado. No cabe duda, musita para sus adentros. Esa mano que parece un cangrejo de mármol, indefenso, tripa arriba, esa lluvia de rubíes que cae sobre la almohada, derramándose entre sábanas de terciopelo, es su obra maestra.
Nunca volverá a pintar nada parecido.
Firma el cuadro y se levanta, lentamente, como si de pronto tuviera cien años. Se acerca a la modelo, tumbada en medio de la buhardilla sobre una otomana. Junto al cabecero hay un velador; encima, dos botellas vacías (una con una vela apagada), una pistola de bolsillo con cachas de nácar, una guirnalda de orquídeas que ha empezado a secarse. Le acaricia la mejilla, tibia todavía. La quiso de rodillas, igual que un penitente. Fue para ella un nuevo Pigmalión, aquel rey de Chipre que se enamoró de la estatua que él mismo había tallado, y rogó a Afrodita que le concediera el don de la vida. No pudo soportar su traición, tanto egoísmo, por eso la abrazó y apretó, apretó… (¡tuvo que hacerlo!), para que aquel engendro que poco o nada tenía que ver con él… con ambos, para que aquel parásito llegado de Dios sabría qué rincón nauseabundo no siguiera creciendo dentro de sus entrañas.
El espejo le devuelve la imagen de un joven de aspecto sombrío, barba de días, gafas redondas, un bosquejo hecho a vuelapluma con un esqueleto a la espalda. El sueño de la razón produce monstruos, se dice.
–Vamos a ver si ahora me vuelvo a despertar…
Se lleva la pistola a la boca y dispara, mientras el esqueleto toca el violín y zapatea (tap-tap-tapatap) al ritmo grotesco de un charlestón.