586. CARNÍVORA
Leticia Vicente Pacho | Leticia Vicente

Cuando lo conocí no sabía que era vegetariano. Me había pasado toda mi vida defendiendo que la lechuga era un ser vivo de pleno derecho, y de repente llegó él… Él y su veganismo total. Y me convenció a mí, la amante de la carne roja, la que era consciente de la receta de la morcilla y aun así me encantaba, la del entrecot sangrante… Dejé de ser «una sádica asesina amante de la sangre». Comencé a comer tan sano que mi cuerpo, autoengañado por el corazón, no solo no se quejó, sino que se puso en forma. Lo único rojo que quedó en mi dieta fue el tomate: aderezaba las alubias con puerro y zanahoria, y me volví adicta a la remolacha y el tofu.

Comprenderéis mi sorpresa cuando, al levantarme esa mañana y encontrármelo babeando en el baño, él se volvió para pegarme un mordisco en la yugular. Cómo no me iba a sorprender cuando él no aceptaba ni hincarle el diente al fiambre, que eso no es carne ni es nada.

Para mí fue un alivio volver a comer carne, aunque preferiría mil veces un solomillo a un brazo humano, pero una zombi no puede ponerse muy exquisita con el menú.