932. CARPETAS CRUZADAS
NACHO LÓPEZ MURRIA | JAVIER TRISTE

Mark Zuckerberg no tiene amigos. Pasó el confinamiento solo mirando fotos ajenas de los usuarios de su gran creación: Facebook. Mark se apropia de tu vida igual que la gente se apropia de la música de Rosalía pensando que Rosalía se apropió del flamenco. Mark nombra a tu padre Luis Javier como si fuera el suyo propio. Se imagina que lo llama por teléfono para saber qué tal le va todo. Mark sopesa si escribir a tu ex porque sigue enamorado de ella en su mentira imaginaria. A Mark le encantaría trabajar cobrando tus mil euros solo por hecho de saber lo que se siente al comer únicamente verduras y fruta de temporada. También fantasea saliendo con tus amigos. Buena gente el Borja, Pedro, Tamara y Sabrina. Mark cree que tomó la Confirmación en la iglesia de tu barrio, aquel día tan religioso probó por vez primera las drogas igual que tú. Mark frota su pilila con la mano en el bolsillo de su pantalón de pijama a cuadros Massimo Dutti mientras te ve a ti – creyendo que tú eres él – el día que te fuiste en autocaravana a Tarifa con Michele, tu segunda novia. No tiene claro si se masturba mirándote a ti o a las clavículas vertiginosas de tu ex. Mark crea carpetas en su ordenador para almacenar todos tus recuerdos, porque no lo olvides, todos somos Mark Zuckerberg, se inventa nombres ingeniosos, aunque a veces erra al denominarlas porque por mucha información que tenga sobre ti, sobre todos tus compañeros y sobre ti primero, hay cosas que es inevitable que se le escapen. Su cerebro almacena la memoria de casi toda la humanidad viva o muerta de los últimos veinte años. “Torrevieja piel morena 2008”, “Agüita con el FIB 2010”, “Cumple de Berty” y así hasta un sinfín de archivos arbitrarios. Rememora las fiestas de Utiel con tus primos, las pulsaciones aceleradas de tu corazón – que es suyo – cuando conociste a Miranda, sustrae todos tus cortes de pelo como si fueses un avatar del Sims, porque, chico, a ti cualquier peinado te queda bien, mientras que a él le cobran 60 dólares por hacerle el mismo corte desde los doce años. Mark llora releyendo – gracias al Google Traductor – el post que escribiste tras el entierro de “vuestra” madre, ríe viendo en bucle el vídeo del lipdub que os currasteis para la boda de Iván y Vicky. Para Mark sería suficiente el abrazo de un niño – uno con algún parentesco para no tener problemas legales – igual que te abraza tu sobrino en aquella imagen tan bonita en el Parque Warner. Mark simplifica las vidas ajenas de la existencia terrícola a golpe de clic, bebe una Pespi sabor a rúcula creada especialmente para él. Porque no lo olvidemos, aunque todos seamos Mark Zuckerberg, no deja de ser nuestro Dios. Pobre tonto Mark, que se acaricia la punta de la cerilla mientras se guarda tu pasado en su PC.