300. CARPETITO
Jaime Rodríguez Perez-Olleros | Jimi Rodríguez

El sábado pasado me cargué a un tío de esos que te paran en la calle para ver si quieres unirte a Greenpeace.

Nunca he podido con ellos; van de buenos, de que están ahí haciendo una labor altruista. No amigo. Estás currando y además estás ligando. Y me haces sentir mal.

Si no me paran pienso: ¿por qué no me ha parado? ¿Acaso no estoy dentro de su target? ¿Tengo cara de cabrón?

Pero lo peor viene cuando SÍ me intentan parar. Suelo pasar de largo mientras les miro con una media sonrisa y digo “No tengo tiempo, lo siento”. Ellos me miran con cara de “sí tienes tiempo, egoísta” y me enseñan una foto de una selva amazónica arrasada. Y yo me siento como el culo.

El caso es que, el sábado pasado, caminaba por Fuencarral y los vi a lo lejos. Una chica había parado a un pobre chaval que había caído en sus redes. “No te la vas a follar”—pensé— “Solo quiere tu dinero. Te sonríe porque le han dicho que así se lo vas a dar antes”. Yo pasé de largo cuando un chaval de unos 24 años con una carpetita me dijo:

— ¿Tienes un minuto?

No os voy a engañar: llevaba una semana muy dura de trabajo. Hacía un calor del demonio y estaba de mala hostia.

—Claro. ¿Qué quieres?— le respondí.

Me empezó a contar no sé qué mierdas del Río Orinoco. El muy cínico. Con unas Nike de más de cien euros en los pies y una camiseta de Levi´s.

— Oye, hagamos una cosa— le interrumpí—te invitó a un café, me cuentas bien esto, que me interesa, y te pago una suscripción mensual. Vivo aquí al lado.

Él dudó. Sonrió y dudó. Pero accedió. Vaya que si accedió. Cómo les gusta el dinero a estos cabrones.

Ya en mi casa, nos sentamos en el sofá y serví dos cafés. Él, carpeta en mano, siguió con la tabarra. Yo puse el cerebro en modo avión. Le miraba a los ojos y asentía sin escuchar nada de lo que decía. Le miraba a él y miraba su carpeta. A él y a su carpeta. Hacía un calor espantoso. Me enseñaba fotos de árboles con monos y de niños indígenas. Me fijé en que, además de las Nike, llevaba una cadenita de oro en el cuello.

En un momento dado, me ofreció el boli y la carpeta.

Cogí el boli, lo empuñé y se lo clavé el cuello. Entró y salió. Le debí de dar en la yugular porque empezó a salir muchísima sangre.

Se llevó la mano al agujero y empezó a chillar.

— ¿Ves? ¿Ves cabrón como tenía un minuto?— le grité— Tengo toda la tarde para ti, puto embaucador.

Le empecé a dar con la carpeta en la cara. No sé cuántas veces le di, pero seguro que fueron más de cincuenta. Hasta que dejó de emitir sonidos.

Había sido una semana durísima. Y en serio: hacía muchísimo calor. Madrid en agosto puede llegar a ser asfixiante.