CÁSATE CONMIGO
GEMA BLASCO CABRERA | Fíbula

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Cuando salí con Amaia corrían otros tiempos, aquellos en los que nuestra amada se nos antojaba única e irreemplazable, como debiera ser el amor. La época de citas cursis y poemas de Bécquer, escritos a puño y letra, en separadores de carpetas sencillas pero estimadas y el portafolios con la cajetilla de rubio en el bolsillo trasero de los jeans —por aquel entonces vaqueros—.

Tenía cincuenta años y me había acostumbrado a mi vida en solitario. No quería complicaciones ni estaba preparado para algo que ni siquiera experimenté una sola vez. Las auténticas historias de amor se gozan de joven, sin hipotecas, ronquidos nocturnos y problemas sobrevenidos. Apareció demasiado tarde. Tal vez en otras circunstancias……

Eva me cautivaba, resultaba tierna e imponente a la vez, tan sencilla en gustos y compleja en pensamientos. Era una buena persona, pero yo siempre estaba primero, nadie valía tanto para romper mi confort, mis partidos de fútbol domingueros ni mis rutinas. Vida solo hay una y debemos gozarla. Para más inri, divorciada y con un hijo. Me gustaba mucho, sí. No faltaron inagotables veladas de desenfreno, pero jamás hubo nada que pudiera asemejarse a una cita o cortejo. Demasiadas cucas que probar y poco tiempo para un cincuentón.

Ella lo intentó, aún creía en el amor, incluso pensaba que a mediana edad resultaba más potente y verdadero, más real. Escritores……

Nos conocíamos ocho años cuando aceptó un trabajo en Madrid y marchó con su hijo. Nada la ataba aquí, ni siquiera yo. Me dolió, a mí y a mi «yo machirulo». En el fondo la quería. Siempre fui un cobarde, yo muero de rodillas.

El contacto fue enfriándose hasta no tener noticias suyas. Seguí mi vida con esa aparente dicha que fingimos los cretinos. La echaba de menos, pero mi orgullo podía a mi inquietud. A los cinco años —borracho— le escribí un mensaje que nunca llegó. Otros dos, unos meses después, lo mismo. Cambió su número y ni siquiera me lo dijo. La había perdido, cual idiota que lapida partidas dirigidas por el crupier de antemano.

Tres años más desfilaron en una existencia de huecos. La vida, un sinsentido rotando en bucle. Eva llenaba la nada de todo y nunca lo supe. Así que, tras fútiles días, veladas de insomnio y botella, me armé de valor y decidí buscar a la que fue, sin saberlo, la mujer que uno sueña cuando ya no se cree en las quimeras. Ansiaba implorarle esa primera cita amputada por mi arrogancia. Quería morir de pie.

Llegué a Madrid con nulas esperanzas de encontrarla. Costó. Pregunté en editoriales, institutos, universidades……

Un pequeño hallazgo en un periódico local fue el que me llevó hasta Eva.

Incluso las cejas me temblaron delante de su imagen. Sentado en sosiego, contemplé su rostro entre anhelos. Estaba preciosa.

Allí, en esa primera cita, le pedí lo que años atrás debí rogarle y no pude:

―Cásate conmigo.

Un rictus de asentimiento afligido figuró distinguirse en la efigie de su lápida.