1538. CASCAJOS CRÍTICOS
Silvia Hernández Abolacio | Sil Sino

Ya es jueves y tengo a mi jefe El Carroñas aquí delante pidiéndome los presupuestos de la obra que tenía que haberse empezado hace dos meses. Llevo cuatro meses diciéndole que después de EL INCIDENTE vamos flojos de material y que sin material no hay presupuesto.

EL INCIDENTE lo protagoniza Flaco Carpetas, el encargado de buscar una empresa nueva con la que gestionar los escombros. Hizo un negociazo. Muy buen negocio, sí señor. Casi tanto que parecía mentira cada vez que te parabas a pensarlo un poco. Vio que si aceptaba la «responsabilidad y alojamiento de los cascajos derivados de la labor de limpieza y transporte de residuos» le salía baratísimo. Y solo hacía falta echar la vista alrededor del edificio para ver los montones de escombros que amenazaban con sepultarnos en cualquier momento. Flaco no leyó la cláusula en la que ponía que la dirección de facturación sería la misma que la de envío de los inmensos cachos de piedra. Menos mal que la oficina ya no estaba en el centro de Madrid y nos habíamos ido a Melazas de las Cabras, si no qué espectáculo.

Reconozco que los pedruscos daban un toque distinto a las oficinas. Los alrededores se habían empezado a llenar de perros salvajes y conejos a los que se les había construido un cada vez menos modesto circuito de carreras. Antes de terminar de construirlo ya se movían importantes apuestas por allí.

Mi parte favorita de la escombrera era la piedra gordardiente. Los viernes metían ese pedrolo con forma de plato gigante en unos cascotes con trozos metálicos que pasaban el día al sol y servían de horno. ¡Qué pizzas salían de ahí…! Eso sí, reconozco que no trabajaba ni la puerta.

María del Tentetieso desaprobaba enérgicamente la presencia de los escombros alrededor del edificio. No faltaba el día en que los pisotease con rabia con sus zapatos de firma (zapatos deformes los llamaba Moreno A’Cuadros porque, aunque ella se empeñaba en pisotear, la piedra gana a zapato en cualquier juego. Los zapatos ya tenían abolladuras). Pero lo que la hacía hervir por dentro era no poder ser parte del sofisticado comedor que se iba gestando entre los cascajos.

Los viernes de pizza gordardiente dieron paso a los miércoles de tapas sobre ladrillo. Después los jueves fueron el día de crear estructuras de repostería con piezas de la escombrera de lujo. Menos mal que estaba riquísima, porque siempre ganaban los del departamento de ingeniería y no tenía gracia.

Y aquí estoy, leyendo la newsletter de María del Tentetieso en la que opina que el ganador indiscutible del último miércoles de ladrilleo fue la tapa de El Carroñas, bautizada como el Tirachinas Bable. «Cuya delicadeza en la amalgama de sus texturas se compenetraba exquisitamente con el ladrillo de granito que había elegido para su presentación». Desde luego que cuando me ofrecieron trabajo en una empresa de construcción no era esto lo que yo me esperaba. Aunque construir, construyen.