91. CATORE HORAS.
Eduardo Ruiz Fernández | Eduardo Martínez de Irujo

«Pum pum, pum pum”. El corazón de Jose Miguel dejó de latir a ritmo de bulerías después de catorce horas latiendo con el particular compás del palo flamenco más jerezano. Catorce horas después, su corazón volvió a su estado original con ese aburrido y soso “pum pum, pum pum”.

Incapaz de asumir su vuelta a la normalidad, Jose Miguel entró en una farmacia gritando desesperado:

— ¡Un deslifibri..! ¡Un desfilibra… ¡Un desbrifid…!
— ¿Un desfibrilador? — dijo el amable farmacéutico empatizando con los problemas de dicción de Jose Miguel—. Aquí tiene.

Jose Miguel comenzó a aplicarse descargas eléctricas en el pecho a ritmo de bulerías. No funcionó. Probó ritmos de fandangos, alegrías y seguirillas. Tampoco. Definitivamente, su corazón dejó de ser gitano.

Dieciséis horas antes, Jose Miguel estaba saliendo del juzgado (Jose Miguel es el juez que más tarde sale los martes). Perico el “Oreja” (anteriormente conocido como el “Orejas”, hasta que perdió una por culpa de un peluquero con Tourette) le abordó antes de que Jose Miguel entrara en su coche.

— Oze Migué, Oze Migué, Oze Migué
—¿Qué quiere, Pedro?
— Mi pare Manué quiere invitarle hoy a merendar pa agraserle que haya zido tan justo con é.

Jose Miguel no tenía planes esa tarde, así que aceptó. Además, ¿qué clase de persona rechazaría una invitación a una merienda-cena? Desde luego nadie con la alta dignidad de Jose Carlos. El juez, acompañado de Perico el «Oreja», dirigió sus pasos hacia la casa de Manué.

En la puerta estaba Pepe Morcillas. 2.10 metros de alto por 1.70 de ancho. Ciento cuarenta kilos de gitano.

— Tú ere payo, tú no entras.—gruñó Pepe nada más ver a Jose Carlos.
— Viene cormigo, Pepe.—respondió Perico.
— Es payo, no entra.—Volvió a negar Pepe.
— No quiero causar molestia, mejor me marcho— dijo Jose Carlos, temiendo la ira de Pepe Morcillas.
— ¡No! —clamó una potente voz desde el interior. Una figura se adivinaba detrás de Pepe Morcillas. El pater-gitanus emergió desde las sombras de la casapuerta—. Tranquilo, Pepe. Oze Migué, ven aquí.

El pare Manué colocó la mano en el pecho del juez mientras musitaba palabras inteligibles que probablemente sería hebreo con tintes de latín y catalán (pero el de Lleida). Con una elegancia propia de los Borbones, levantó la mano del pecho de Jose Miguel y le rodeó con los brazos, invitándole a entrar en la casa. Se detuvieron ante Pepe Morcillas. Este escudriñó a Jose Miguel de arriba a abajo, analizando todo punto de su anatomía.

— Es gitano. Entra.

Jose Miguel penetró en un mundo desconocido, mágico y fascinante. De pronto descubrió que su cuerpo era capaz de ingerir descomunales cantidades de alcohol y de bailar y cantar como nunca un payo lo había hecho. Jose Miguel era feliz. Jose Miguel durante 14 horas no fue Jose Miguel, fue Oze Migué, “er Camarón de la judicatura”.