609. CECILIA IN LISBOA
CECILIA DENGRA ÁLVAREZ | CECI DENGRA

Cuando me adjudicaron Portugal casi lloro. De pena. Yo había elegido USA; pero con un 6.0 de nota media, a mi universidad no le hizo gracia. Alternativamente, había elegido siete ciudades, todas italianas, pero, al descubrir la encargada de la Oficina de Relaciones Internacionales que mi afirmación de que, “en Italia no exigen italiano para ir de erasmus”, era una absoluta mentira inventada al efecto, me dio una afectuosa palmada en la espalda diciendo: “hala, guapa, a Lisboa”.
Así que, después de hacer una maleta más grande que mi pena, y elaborar meticulosamente un Learning Agreement en el que conseguí convalidar Economía financiera por Taller de Radio, aterricé en la capital lusa.
Mi habitación tenía una cama con dos finísimos colchones unidos por la mitad con una cremallera. Un palacio. Llamé a la casera, que hablaba lo más rápido que podía, más mona, para facilitarme las cosas, y conseguí, no me pregunten cómo, que me lo cambiara por otro, más fino que el primero, pero sin cremallera, lo que añadía a su natural incomodidad, una divertida inconsistencia de masas que lo hacía imprevisible.
El portugués es una trampa para inocentes. Las primeras veces que iba a la compra, la cajera me decía “¿vai quer saco?” (¿quieres bolsa?) y yo le decía que no, por miedo a que me estuviera intentando colar la oferta de chocolatinas de la línea de caja, pero cuando yo le decía “¿me das una bolsa?”, la muy vengativa me respondía: “não”. Un encanto. Total, que hasta que desentrañé el misterio, pasé una temporada subiendo a casa los productos uno a uno, con la convicción de que Portugal no había desarrollado adecuadamente la industria del plástico.
La cocina fue otro asunto. Siendo yo una niña pequeña de sólo 22 años, mi experiencia era francamente limitada. Cuando mis amigos, todos españoles (evidentemente), hicieron el primer concurso de tortillas, está feo que yo lo diga pero, la mía brilló por su ausencia, ya que ignoraba todo sobre esa diabólica receta. Decidí entonces que ya era hora de aprender algo, así que me armé de valor, y dediqué el resto del año a perfeccionar la que terminó siendo mi célebre ensalada bicomponente, de tomate y queso de Burgos.
Pero, sin duda, lo más duro de mi erasmus fueron las clases de la universidad. Tenía unos profesores tan estrictos que me dejaban hacer los exámenes en español. Y yo, para poner empeño en integrarme con los portugueses, elegía para todos los trabajos y proyectos a los únicos españoles de la clase. Sin embargo, en mi casa, sí que elegí a dos compañeras españolas. Para reforzar el idioma.
Mi experiencia en Lisboa ha sido la más increíble de mi vida. Siempre la recordaré, salvo algunas noches de fiesta que, por más que me empeñe, no puedo. Echando la vista atrás me podía haber ahorrado toda la pena inicial, pues me creía a punto de ser condenada, pero, como a aquel peregrino gallego, me salvó el Gallo de Barcelos.