109. CENA FAMILIAR
Clara Molero Guío | Moli

“Tengo que decírselo”.
Diego caminaba a toda prisa con las manos en los bolsillos, la frente perlada de sudor y la mirada fija en el suelo, como si pudiese leer aquel mandato de tres palabras, “tengo-que-decírselo”, en cada uno de los adoquines.
Los últimos cien metros se le pasaron tan deprisa que, cuando sonó el timbre, no recordaba haberlo pulsado.
—Hola, hijo —Su madre lo recibió con una enorme sonrisa—. ¿Estás bien? Te veo un poco moreno.
—Sí, sí, estoy bien. Es que venía corriendo.
—Bueno. Cuelga la capa y ven al salón, que estamos todos ahí.
A nadie le extrañó que Diego permaneciera en silencio, era bastante reservado.
“Ahora sería un buen momento”, pensó en repetidas ocasiones. Pero no se atrevió a dar el paso.
—Yo ahora la tomo desgrasada y he notado la diferencia. Y de sabor está igual de rica. Lo que importa para el sabor no es la grasa, es la alimentación del ganado, ¿sabes?
—Sí, sí, totalmente de acuerdo —una de las hermanas de Diego se sumó a la causa de la otra—. La alimentación es fundamental, yo por eso me fijo muchísimo en la procedencia. Vaya, que no es lo mismo el producto de Nueva York que el de Atenas, porque a unos los atiborran con perritos calientes y a los otros les dan dieta mediterránea. Y eso, se nota.
—¡Tonterías! El grupo es lo más importante, de toda la vida —sentenció el padre—. ¿Tú qué opinas, Diego?
No iba a encontrar un momento mejor para decirlo, así que abrió la boca y declaró en un susurro:
—Yo… me he hecho vegano.
Sus padres se miraron entre sorprendidos y horrorizados.
—Ay, hijo, pero hoy habíamos comprado A+, tu favorita… ¿Y si empiezas el próximo fin de semana? Que no tenemos nada que ponerte.
—No te preocupes, mamá. He traído mi propia sangre vegetal.
—¿Sangre vegetal? ¡Pero qué tonterías dices! —Su padre, tal y como esperaba, no se lo había tomado demasiado bien— Eso no es sangre ni es nada… No entiendo por qué le ponen ese nombre si no le sale de las arterias a ningún ser humano.
—Bueno, papá, puedes llamarlo batido.
—Y mírate, estás morenísimo. ¿Qué pasa con el hierro? Ahora no necesitas hierro, ¿no?
—Sí, lo necesito, pero tomo pastillas. No tenéis de qué preocuparos.
—Pues yo he oído que los veganos se ponen gordos —añadió una de sus hermanas.
Diego puso los ojos en blanco y se armó de paciencia. Si quería tener la fiesta en paz tenía que empezar por aliarse con aquel par de pequeñas arpías.
—Que no, que las sangres vegetales son muy sanas… He traído varias, ¿por qué no las probáis?
Pero sus hermanas no iban a ponérselo fácil.
—¿Son desgrasadas? —preguntó una de ellas.
—Yo, si no es producto mediterráneo, no pienso ni olerlo.