Cenicienta de los sesenta
Tatiana Monfort Moliner | #Lamalahija

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Cenicienta de los sesenta



Sentada junto a ella, la observo y recuerdo todo lo que la he querido, y sobretodo, admirado. Ha sido mi ejemplo, mi guía y mi heroína: mi MADRE.



Ahora estoy sola cuidando de ella y se me ocurre compararme con ella, que nunca fue capaz de imaginar las turbulencias de mi vida amorosa, donde lejos queda mi primera cita, para luego convertirse en muchas primeras citas, desengaños y montañas rusas de relaciones…



En cambio ella que, a pesar de su enfermedad, la sigue recordando claramente: sólo tuvo una cita, su única cita, esa que nunca olvidará porque fue “la” única. La primera cita con mi padre. Ni que decir tiene, el hombre con el que se casó, tuvo dos hijos y el único amor de su vida.



Años sesenta, diecinueve años y una oportunidad excepcional de salir en las fiestas patronales porque había sido elegida Dama de la Ciudad. Por supuesto, y según mandaban los cánones de la época, sus padres (mis abuelos) siempre iban detrás, pero ella empezaba a descubrir un mundo nuevo, su propio mundo. Sentía su libertad, aunque ella no era independiente en absoluto; pero se sentía mayor, adulta para empezar a decidir, a bailar con chicos y a dejarse ver como mujer capaz de atraer el instinto masculino.



Era la el día grande de las fiestas, la noche de gala, con música y baile; de repente, visualiza al que, para ella, es el hombre más guapo de toda la sala, de la ciudad, de España, del mundo. Sutilmente, se cruzan unas miradas furtivas; él se acerca a pedirle un baile, sus padres le observan, pero no dicen nada, y no pueden decir nada porque es la noche de gala, y su hija es Dama de la Ciudad y se merece bailar con el hombre más guapo de toda la sala de fiestas.



Ella jamás olvidará el contacto de su mano; su cuerpo al ritmo de ese pasodoble; el roce de su elegante traje con la banda de fiestas que ella llevaba sobre el vestido; su flor en la solapa; su perfume, … ese perfume que ha quedado impregnado en su cerebro para siempre, y nada lo podrá borrar.



Él era un joven elegante y educado y la miraba con respeto y deseo, algo difícil de expresar, pero que recordará siempre a pesar de la enfermedad.

Ella se sintió princesa con su príncipe y, su incomprensible intuición de niña de diecinueve años, le indicaba que era él, era el amor de su vida y con quien iba a pasar el resto de su vida.



Y así fue, él fue el amor de su vida y, aunque su vida fue corta, fue intensa.

Ella no olvida su primera cita, porque este recuerdo está ubicado en una parte escondida e indestructible del cerebro, aunque tenga Alzheimer.

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