Ceremonia
Carmen Santamaría Alonso | Envereda

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El día que nos quitamos las mascarillas era sábado y lucía el sol en casi toda la península. Las temperaturas estaban subiendo en la ciudad después de cuatro o cinco días de viento y de lluvias que habían aliviado la presión de un verano que, como otros anteriores, se había anticipado al calendario. Sin mascarillas será más fácil soportar los calores estivales, pensaba yo, mientras sacaba del bolso una de color violeta con la que iba a participar en la ceremonia de desprendimiento, acordada con mis amigas para esa fecha.

Las autoridades habían dado permiso hacía unos días para andar por las calles sin taparnos la nariz y la boca, siempre que no nos metiéramos en multitudes o pudiéramos guardar las distancias de seguridad. El virus seguía campando a sus anchas por toda la geografía universal y, aunque menos dañino que dos años atrás, todavía convenían las precauciones para no caer en el abismo de la enfermedad. De hecho éramos mayoría quienes, a pesar de no ser ya obligatorio, nos embozábamos con mascarillas cuando salíamos de casa.

Quizás no era solo el temor al contagio lo que nos impedía desprendernos de ellas en las calles o en las tiendas. Quizás nos cohibía, después de tantos meses, el temor a mostrar la cara en público, con sus arruguitas y sus manchas. Quizás no queríamos perder la posibilidad de gesticular, bostezar o fruncir los labios en secreto, sin que nadie se percatara de un gesto feo o de una sonrisa forzada.

Además nos protegían del polen, que pululaba a nuestro alrededor provocando alergias que habían sido más leves en las dos últimas primaveras. Y de la contaminación atmosférica, que alcanzaba de nuevo los índices malignos anteriores a la pandemia.

En cualquier caso, nosotras habíamos decidido realizar un despojamiento colectivo para celebrar el primer sábado que volvíamos a reunirnos para comer en un restaurante de moda, como acostumbrábamos a hacer antes de que el virus nos recluyera entre las paredes domésticas y nos obligara a visitarnos y a charlar a través de las pantallas de los ordenadores o los móviles.

Estábamos las siete amigas acomodadas alrededor de una mesa redonda, situada junto a una cristalera, con las cervezas heladas recién servidas, esperando el momento ansiado de brindar por la victoria sobre la enfermedad y por la nueva temporada de encuentros, cotilleos y risas, cuando Juli, la más locuaz del grupo, inició el rito que habíamos planeado para festejar el momento.

Por nosotras, que somos las de siempre, pero somos mujeres fortalecidas, más intrépidas, más pujantes, más conscientes de nuestra valía y de nuestras facultades, exclamó Juli alzando su copa con la mano izquierda y despojándose de la mascarilla con la derecha.

Por nosotras, que somos como somos y queremos ser, sin cortapisas, añadió mostrándonos el frondoso bigote que le había crecido durante el confinamiento.

Fue aquella una comida de platos sabrosos y bromas infinitas. De resarcimiento físico y de promesas de futuro.

Una comida inolvidable.