1452. CERRADO TEMPORALMENTE, DISCULPEN LAS MOLESTIAS
BEATRIZ DIAZ RODRIGUEZ | PISTACHO

Cuando me despierto por la mañana la Reme ya ha limpiado medio centenar de azulejos del baño. Yo me quito de en medio no sea que me dé un mocho. Que desde que me jubilé dice que no hago nada. Llego al bar del Sebas guiado por el olor a carajillo mezclado con fritanga y me siento en la mesa de siempre. La cuadrilla me espera quejándose de los políticos y haciendo ruido con las piezas del dominó.
—¿Ya te ha dejado la Reme salir?
—Calla y mezcla, perdedor.
—Podríamos darle algo de vida a esto y apostarnos algo.
—Pero si la pensión no te llega ni para croquetas de jamón.
—Será que a ti te da para mucho, que mi Luisa ve a tu Reme comprar carcasas de pollo en el Mercadona.
—Eso es porque le da sabor al caldo.
El Sebas sube el volumen del televisor.
—Callaros, coño, que nos han invadido los extraterrestres.
—Para extraterrestres los menudillos que nos pones, que a saber de qué planeta los traes.
La presentadora de las noticias está en mitad de un terreno en el que se puede apreciar un cráter provocado, supuestamente, por el aterrizaje de una nave espacial de la que nadie ha vuelto a saber nada más.
—¿Os vais a creer esa gilipollez?
No puedo continuar disertando sobre la estupidez humana porque en el exterior se escucha un ruido ensordecedor. De la única ventana del bar proviene una luz que no podemos mirar directamente porque nos ciega. A continuación, el más absoluto silencio. Solo el sonido de las máquinas tragaperras interrumpen nuestro desconcierto.
—Yo no salgo…
—Conmigo no contéis…
El Sebas se acerca a nuestra mesa.
—Que digo yo que deberíamos saber qué ha pasado. Igual ha sido el fin del mundo, ¡hasta la emisión de las noticias se ha cortado!
Manteniendo la mirada fija en la mesa reanudamos nuestra partida de dominó, ahora que nos hemos animado a apostarnos algún eurillo. El Sebas, sin decir nada más, se mete en la cocina. Al cabo de unos minutos vuelve a nuestra mesa con su habitual libreta.
—He contado y tengo veinte quilos de patatas, eso nos da para sobrevivir a base de bravas durante un tiempo. También tengo en el congelador tres quilos de menudillos que la Juana dejó preparados y…
—¿Y la Juana? ¿No ha venido aún?
En ese momento caemos en la cuenta de que solo estamos la cuadrilla y el Sebas. Nadie más.
—Venga, pues que no se hable más. A ver ahí esas bravas.
—Existe un pequeño detalle que aún no hemos acordado cómo hacerlo, mejor dicho, quién sale ahí fuera y lo hace. Habrá que colgar el cartel.
Todos nos echamos a reír. El Sebas saca sus viejas cintas de casete, en la cocina el aceite se calienta y por fin ganamos algo con el dominó. Es tal nuestro entusiasmo que no escuchamos cómo en la calle nos buscan la Reme, la Juana y la Luisa.