947. CERRANDO PUERTAS
Jose Baron Bamala | Jose Barón

Cuando entré por la puerta del hotel el portero se me quedó mirando. No dijo nada, pero yo me di cuenta de que me estaba mirando el traje. Yo, al trabajo, voy de traje. Y no es un mal traje. Lo que pasa es que las empresas a las que vendo suelen estar en polígonos, o lejos del centro. No me hace falta un traje de quinientos euros.
Iba a una reunión con un cliente que tiene el despacho en la planta treinta y cinco del hotel. Tiene cuarenta y cuatro plantas. Y la verdad es que me hacía ilusión entrar en un hotel de esos, y ver el mar desde ahí arriba.
Bueno, me metí en el ascensor y le di al treinta y cinco.
Treinta y cinco.
Son los que cumplo este año.
Arrancó fuerte, pero se paró en seguida. Era la planta décima. Se oía música y mucho follón. Las puertas se abrieron y entró un tío fumando y oliendo a alcohol. No nos dijimos ni buenos días ni nada. Pero yo me fijo mucho en los detalles, supongo que es por ser vendedor. Y era un tío mayor ya para estar de fiesta a esas horas de la mañana. Sesenta y pico. Llevaba un esmoquin, pero sin pajarita, con la camisa medio abierta y con una sonrisita canalla. Total, que le da al cuarenta y cuatro y la puerta se cierra.
Y me dice –Perdona, no me he dado cuenta! –. Tira el cigarrillo al suelo y lo pisa. Yo me lo miro para darle las gracias…
Pero ya no pude hablar.
Y no podía dejar de mirarle. Entonces se giró y me miró como para ver porqué le miraba tanto. Y nos quedamos mirando un rato.
Era él. Toda la vida esperando este momento y ahí estaba.
Dejamos de mirarnos porque supongo que la situación era demasiado absurda.
Dicen que hay tantas neuronas en los intestinos como en el cerebro. Bueno, pues yo me cagaba. Le volví a mirar y él me miró también. Pero ahora me miraba diferente. No sé si me había reconocido.
Yo llevaba treinta años esperando para decir esa palabra. Y se la dije: –Papá…?
Y él me miraba como diciendo: «Carlitos… eres tú?!». No dejamos de mirarnos ni un momento. «Sí, soy yo. Dónde estabas?», le habría respondido yo. «Perdóname, Carlitos. No supe hacerlo bien. Lo siento mucho, hijo mío». «Te he echado tanto de menos, papá!».
Y así seguimos mirándonos hasta que escuchamos la voz del ascensor.
–Abriendo puertas. Planta cuarenta y cuatro.
Mi padre salió de la cabina y se quedo mirándome desde el pasillo. Y yo le miraba a él. Pasaron unos segundos. Y vi cómo la figura de mi padre volvía a desaparecer mientras escuchaba: –Cerrando puertas.