714. CHAMUSQUINA
Víctor Rosa Crespo | Víctor RoCres

La primera vez que olí la muerte de cerca creía que habíamos pasado por delante de un Mc Donalds. Paseábamos Juan y yo de la mano camino a comprar el pan.
La gente ya no muere como siempre. Desde que salimos del Covid, casi definitivamente, las personas ya no fallecen a la vieja usanza, ahora, es fulminada por rayos que caen del cielo. En la prensa se leía de todo. Los científicos apuntaban a que la atmosfera se había estado cargando de electricidad durante millones de años y que ahora, justo ahora, era cuando las nubes lo soltaban. La extinción de los dinosaurios tenía nueva teoría. Otros, los más religiosos, decían que los rayos que carbonizaban a diestro y siniestro, era un acto divino. ¡Cabrones! ¿Será que Zeus se despertó de la siesta justo cuando ya tenía puestas las tres vacunas? ¿Será que se ha puesto a repartir estopa a todos los pecadores no arrepentidos? ¿Y Tú, Gordi?, ¿tú te arrepientes?
–¿Qué dices, Eva? –dijo Juan encogiéndose de hombros. –No te entiendo y no me llames Gordi, joe. No me hace gracia.
–Vale, goloso mío –añadí tirándole un besito de chocolate.
El caso es que de aquella mujer que se cruzó con nosotros tirando del carrito de la compra, quedaron unas naranjas rodando calle abajo y unos huevos rotos que se freían poco a poco sobre la parcela de la acera que aún humeaba. De lo demás, nada. No quedaba nada. Bueno, un manchurrón negro con forma humana incrustado en el suelo. Me gustaba imaginar figuras como se hacía antiguamente con las nubes, pero ahora con restos de personas chamuscadas en el suelo. Ya no había cojones a mirar tanto hacia arriba.
–Pues yo creo que es… Sí, mira, está como levantando un dedo.
–Qué dices, chiquilla. No te pillo, la verdad –dijo indignado.
–Tú qué vas a pillar –contesté. –Además, para que a ti te haga algo un rayo de esos tiene que caerte dos veces, mi Gordito –Y le tiré otro beso, pero ni me miró ni nada.
Seguimos andando. Más adelante se veían dos huellas carbonizadas recién hechas. Una de ellas debió de caerle al cuñado de Jonny Walker, porque había dejado en el suelo un liquidillo ámbar que aún mantenía las llamas del fogonazo encendidas. La otra estaba seca, lo normal. Pero en esta ocasión al rayo se le había olvidado chamuscar un dedo índice que dejó intacto sobre el suelo, sin consumir; nos indicaba amablemente la dirección que teníamos que tomar para llegar a la panadería. Gracias, dije.
–¿Qué? –preguntó Juan muy serio.
Al doblar la esquina noté como los pelos de los brazos se me erizaban, incluso los pelillos de la nuca se elevaban como si un succionador gigante se hubiera posado en mi cabeza. Recuerdo que mientras el rayo me elevaba, se podía ver desde arriba una huella carbonizada, la de mi cuerpo. También veía con total nitidez a mi Gordi, no entendía de qué coño se reía tanto.