1468. CHARO
Franco Martín Cerezo Baselice | Astabi

Casa embrujada, decían.
Sólo porque Charo evitaba a toda costa que nadie habitara en ella. ¿Y no tenía Charo derecho a permanecer allí?
En fin, los muertos no tenían derechos, al parecer. Los vivos los discriminaban y se apoderaban de sus pertenencias, como si un ente incorpóreo no pudiera disfrutar de una buena vivienda a las afueras, con vistas a un jardín repleto de flores tan muertas como ella.
Charo cavilaba, flotando, en el desván de su hogar.
Y claro, aquí nadie respeta el deseo de los muertos. Como aquellos a los que incineran sin dudarlo un sólo instante, ¿acaso alguien les ha preguntado si quieren ser chamuscados?
Pero nadie se lo cuestiona. Quizá porque es un tema… candente. ¡Ja!
Por eso Charo no permitiría que le arrebatasen su preciado hogar. Y su modo de protesta era el más frecuente entre los fantasmas.
Aparecerse y ahuyentar a quienquiera que pusiera un sólo pie en su casa.
En una ocasión había ahuyentado a una pareja de jovenzuelos que buscaba libertina soledad, manifestándose con el aspecto del ser más horrendo que había podido imaginar.
El de su ex-marido.
La puerta se abrió en la planta baja, sacándola de sus elucubraciones.
Asomó su espectral rostro por el techo de la sala de estar y vio a un grupo de adolescentes entrar, medio agazapados, al interior de la vivienda.
Uno de los muchachos llevaba consigo un tablero ouija.
Charo sonrió para sí misma. Le gustaba la ouija, así que a esto no los asustaría.
Al menos de momento.
El trío de jóvenes se colocó alrededor de una ajada mesa, dispusieron el tablero encima de ella e iluminaron la estancia con sus teléfonos móviles.
Charo vio cómo colocaban la punta de sus dedos sobre el triángulo:
-¿Hay alguien aquí? -preguntaron.
Decidiendo hacerse invisible a ojos de los jóvenes, Charo descendió sobre el tablero y movió el triángulo en respuesta:
-No.
Los amigos se miraron entre ellos, debatiéndose entre la incredulidad y la sospecha mutua.
-¿Lo has movido tú, Javi? -inquirió uno de ellos.
-Os juro que no, ¿y vosotros?
Ambos aludidos sacudieron la cabeza.
En ese instante, Charo se percató de lo robustos que eran esos jovenzuelos y pensó que quizá le resultase complicado asustarlos.
Antes de que decidiera adoptar alguna forma retorcida, un agudo chirrido surgió de debajo de la mesa.
Un pequeño ratón salió corriendo por entre sus pies.
Gritos y alaridos siguieron la estela de los muchachos que, al huir en estampida, habían abandonado la ouija.
Charo reía a carcajadas.
Otro ruido, esta vez metálico, emergió de la cocina.
El fantasma calló, alerta.
Un segundo sonido fue suficiente para que Charo huyera hacia arriba, atravesando el techo, atemorizada.
Si hubiese permanecido allí, habría visto al gato que entre la negrura de las sombras derribaba las latas de conserva al suelo de madera.
El animal olisqueaba y se afanaba por seguir el rastro del furtivo roedor.
En fin, ¡qué mala pata!