153. CHERRY
Ana Saiz García | Cherry

Lo único que deseaba en el mundo tras la trillonésima bronca con mi jefe era comer chocolate hasta reventar, y no la triste ensalada que tenía de cena. Abrí la nevera con la esperanza de encontrar algo más pecaminoso, pero mi yo del pasado había sido astuta y, anticipándose a ese momento, había comprado solo cosas sanas, la muy cabrona. Podía oírla riéndose detrás de mí.
Tiré del cajón de la verdura con más fuerza de la que me gustaría reconocer y saqué una lechuga, una cebolla y un puñado de tomatitos cherry, que arrojé contra la encimera. Después armé un escándalo rebuscando, entre el desastre del cajón de los cubiertos, el cuchillo bueno, que no encontré hasta que me corté con él. Maldije a grito pelado el cuchillo, mi trabajo y mi herencia genética, y me metí el dedo en la boca para no seguir maldiciendo justo cuando Paula entraba en la cocina.
—¿Mal día?
Sin sacar el dedo de la boca, incliné la cabeza con tanta amargura que le arranqué una sonrisa. Tiró de mi mano para liberar mis labios y darme un beso. Estaba acalorada y olía a champú.
—El gym me ha matado. ¿Me cambio y compartimos esa ensalada?
Asentí con la cabeza y esperé a que se marchase para ponerme a lavar las hortalizas.
—Lo que faltaba —refunfuñé en voz alta, a sabiendas de que no me oía—, comer verde y tener que compartirlo…
Sacudí la lechuga, la troceé con las manos y la eché en un bol. Puse la cebolla sobre una tabla y la corté con el cuchillo traidor y con rabia.
—Porque, claro, doña perfecta viene del «gym» y quiere cenar ensalada —levanté el cuchillo con indignación—. ¡ Y por gusto!
Cogí un tomatito cherry y me lo puse frente a la cara.
—A ver, no me malinterpretes —le expliqué—, la quiero con toda mi alma. Pero, a veces desearía no ser yo la gorda de las dos. La que parece no tener fuerza de voluntad. La juzgada. Me entiendes, ¿no?
—¡Claro!—respondió el tomate con voz muy finita.
Le habían aparecido dos ojillos negros y una boquita sonriente. De pura impresión, lo dejé caer sobre la lechuga y tuve que apoyarme en la encimera para no caerme yo también. Él saltó del bol y se quedó mirándome fijamente.
—¡Con-cedidooo! —empezó a canturrear entonces, riendo y rodando con alegría sobre el mármol.
Me agaché hasta que mis ojos quedaron a su altura.
—¿Pero tú qué eres, el cherry madrino?
—Joder —escuché detrás de mí—, esto ha encogido a saco.
Me incorporé de un brinco y me encontré una Paula distinta a la de hacía diez minutos. Era ella, sí, tan perfecta como siempre. Pero su cuerpo, tres veces el que traía al volver del gimnasio, desbordaba el pijama. Temblando, cogí el tomatito y volví a enfrentarme cara a cara con él.
—¡¿Qué leches has hecho?!
—Uhm, tomatitos cherry —dijo Paula—, ¡me encanta cómo explotan en la boca!
Entonces, me arrancó el cherry madrino de la mano y, sin darme tiempo a gritar «¡No!», lo engulló.