1014. CHISTE EN NUEVA YORK
José María Oleaga | Llei Em

Empezó como un simple calor en el estómago. Momentos después estaba claro que aquello no era normal, y que iba a necesitar toda mi concentración para poder afrontarlo. Que iba a tener que estar 100% presente de verdad, y no como en esas sesiones de mindfulness baratas.
Pero antes.
Febrero de 2017. Cuatro españolitos emprendiamos un viaje a la capital del mundo: Nueva York. Con escasos seis meses de nómina y una CC ajustada volamos ilusionados en dirección a la gran manzana. Iban a ser las mejores vacaciones de nuestra vida hasta la fecha.
Alquilamos un Airbnb puta-madre al lado de Madison Square Garden. Pequeño, compacto. De camino soñábamos con encontrarnos a LeBron por la calle.
Y la aventura, todo hay que decirlo, empezó muy bien. Durante dos días visitamos sin descanso los barrios de película de la ciudad que nunca duerme. El caso es que nuestro limitado presupuesto-joven-profesional nos obligó:
-(Imitando acento inglés indio). Hay, can I have a chicken rice take away?
-Hot sauce or sweet sauce?
-Hot sauce.
Al tercer día empecé a notar indicios. Yo suelo ser regular. Tengo mis rutinas. Habitualmente no suelo perderme una cita. Aquel día, de buena mañana, fallé. Cambiamos a hamburguesas XL como se hace en el país más importante del mundo. A la mañana siguiente tampoco. Me empecé a preocupar.
Me propuse cerrar mi gestión esa misma noche. De por medio: costillar salsa barbacoa y alitas de pollo crujientes. A la noche no era yo el único con problemas.
-Paso yo primero, ¿va?
-Pido segundo.
-Emm… Me dejas a mí antes. Es una urgencia. (Cara de susto).
Yo quedé último para rematar la faena. No me importó. El calor estomacal daba paso a una cementera en acción. Por suerte las batallas de mis camaradas fueron rápidas.
Al entrar el olor era intenso. Tampoco me importo. Liberé mi arsenal en el campo de batalla y entonces, me dí cuenta:
-Chicos, tenemos un problema.
Los demás:
-¿Cuál?
-Se ha atascado el retrete.
-¿En serio?
-Sí. No tira.
¡Joder!
Era la una de la madrugada, frío-febrero y nosotros con este contratiempo, inconveniente, desperfecto.
Un explorador nuestro salío en busca de intendencia. Mientras, en el apartamento un consejo de guerra elaboraba una estrategia. Decidimos intervenir vertiendo completamente una botella de coca-cola de dos litros.
El nivel estaba al borde.

Una hora después, ninguna mejoría. Pero volvía nuestro enviado-explorador:
-A ver. He comprado este invento para desatascar y esta botellita de líquido desatascante.
Intentamos con el invento. No funcionó. Pasamos al líquido, que iba a rebosar, con lo que:
-Habrá que achicar. Pero… ¿con qué?.
-Están los bols de cereales. (Encojimiento de hombros)

Quiero avisar: ninguno nos sentimos orgullosos de lo que hicimos. Pero joder. Eramos unos españolitos pobres en NYC. Evaluamos contactar un profesional. Evaluamos… ¿fontanero en EEUU? Sencillamente inviable.

No valío con una sola.
Repetimos el proceso varias veces.
Agua, coca-cola, grumos.

Media hora después, mágicamente la cisterna estaba nuevamente operativa.
El bol quedó sobre la mesa.
Los cinco días restantes nadie se atrevió a moverlo o manipularlo.
Nos fuimos y seguía en el mismo lugar.

A saber qué fue de él.