995. CIENTO CINCUENTA EUROS, O TE ESCAMOCHO, POLLETE
José Luis Segura García | Colmenares

Aquel jueves, fiesta patronal en Tabarroso, Pablo Lástimas, Vicente el Nómada y Rafa el Chocante atacaban el octavo tercio, per cápita, de Mahou encá Pepe Charlas, junto a la verbena, cuando asomó Pío Pollo americano, bolingueta, jurando y palpándose el trasero. Casi todos los tabarroseños cargaban mote. A Pablo, carpintero y enterrador, lo apodaban Lástimas —también Cebolla, algunos— porque, aunque era de natural alegre, tenía el pobrecico una cara tristísima que despertaba pena y hasta ganas de llorar. Un día que fue a Albacete capital por unos papeleos se sentó en un banco a descansar y la gente le echaba monedas. Vicente, albañil, era el Nómada porque había cambiado dos veces de domicilio. A Rafa, que montó un comercio de dietética, le pusieron el Chocante porque disparaba muy ingeniosas y certeras flechas de punta que dejaban al personal noqueado. Jamás perdió un duelo verbal, ni siquiera contra Charlas el tabernero, lenguaraz y narro como ninguno. El alias Pollo americano le cayó a Pío, fontanero, vitanguero contumaz, por su nombre, por asemejarse en lo canijo y malafolla a los pollos americanos —más chicos que los normales y bastante chuletes— y porque al atorarse cacareaba “qui, qui, qui… ¿qué?”.
—¿Qué te andas en el culo, Pollete? —le suelta Charlas a Pío— ¿No habrás plantao un huevo?
—Me vas a sobar tú a mí los dos, so escuerzo —responde el Pollo—. ¡Que me han meao el culo! ¡Me cago en lo más barrío!
—¡Pero pijo! ¿Pues cómo, muchacho? —le inquiere el Nómada.
—Na, que bajo ahí al bancal a regar un chopo y al sacudírmela siento atrás un calentor, como mojao. Me rodeo… y tengo un zanganaco aún más chispao que yo que me ha tomao por otro chopo y me ha meao. Le amago una guantá y sale esfarrao, con la chucha fuera y to. Si lo agarro lo esfarato.
Se sujetan los otros para no caerse de la risera. Y Lástimas:
—¿Y no sabes quién era? ¿No le has visto la jeta al tábano ese?
—Qué va. Me he trompicao, y ya.
Mira Rafa la hora. ¡Arrea, las dos de la mañana!
—Bueno, yo marcho, que a las nueve abro la tienda —se despide el Chocante, tan puntual para la devoción como en la obligación.
No pudo empero abrir a las nueve. Se levantó a las ocho, se encontró el váter inundado y llamó al Pollo.
—A las nueve me tienes ahí.
—No te estés…
—Pierde cuidao.
Pero vaya si se estuvo. A las once pica Pío donde Rafa, que humea por las orejas pero aguanta los caballos. Una hora después, desatascado el atasco:
—¿Cuánto es?
—Cincuenta euritos. El material… na —contesta Pío.
—Bien… Pues me debes ciento cincuenta euros, Pollo.
—Qui, qui, qui… ¿qué?
—Tu hora de trabajo son cincuenta, ¿no?
—Sí.
—Pues la mía son cien. Y me has hecho perder dos. La cuenta es fácil. Así que ya estás aflojando la gallina, hermoso.
—Pero Rafa…
—Ni pero ni pera. Que ciento cincuenta, o te escamocho.